Explosión

De las cenizas el blog resurge.

I
“Me arroja del jergón el estampido más cercano que haya oído desde que vivo aquí. He percibido la explosión antes de la explosión, como si la costumbre, aun en sueños, hubierse aguzado mi instinto de inminencia. Sexto sentido o vientre de culebra que anticipa el terremoto, en ningún caso me he ahorrado una taquicardia de las de encomendarse al Niño Jeszulín. En el exterior cascabelean los cristales astillados, una vibración ronca satura el aire. Cien voces alarmadas, la noche se vacía en rectángulos de luz. Ha sido a no más de dos calles: al poco, decenas de destellos anaranjados y azules peinan las fachadas, colorean a ráfagas lo que parece una festiva nube de confeti revoloteando en un tornado de polvo y humo ya empenachado por los géiseres de las autobombas. Me visto a toda prisa, a qué dormir cuando por una vez no tengo que inventarme la noticia”
[y luego:]
“Una mujer abraza con amor un puñado de papeles chamuscados alzando los ojos a un cielo incendiado con millones de palabras sacrificadas en hecatombe, silueta menuda quebrada contra una lluvia de pavesas de volcánica belleza.”

[Esa ciudad, Javier Pastor, p. 142]
II
“Aún no acababan de caer todas las bombas alemanas en aquella destrucción de Belgrado de abril de 1941, cuando Gavrilo Dimitrijevic se anotó como voluntario al servicio de los que salvaban las hojas chamuscadas de los pretéritos libros serbios de la destruida Biblioteca Nacional. Parecía un hombre consumido por ese mismo fuego de la plaza Kosancicev Venac, donde se encontraba la biblioteca.
-Llegaba como enajenado, con los bolsillos atestados de fragmentos de libros calcinados que caían de los árboles alreadedor de la biblioteca incendiada, tratando de salvar de esas cenizas, por la noche, al menos alguna que otra palabra legible. Parece que había logrado descifrar algunas que transcribía con su letra moldeada y enviaba en sobres encerados al profesor Veselin Cajkanovic, y más tarde, en secreto, al monasterio Ljubostinja, donde el gobierno alemán tenía internado al obispo Nikolaj Velimirovic.”

[La Mano de la Buena Fortuna, Goran Petrovic, p.49]

Published in: on marzo 15, 2010 at 6:51 am  Dejar un comentario  

Biografías Truncas (I)

Sólo llega a pensar con claridad un hombre una vez que ha sido traicionado, escribió alguna vez en una de sus cartas mi padre. Aquel hombre traicionado, continuaba, podrá separar lo accesorio de lo esencial, es decir, habrá adquirido un criterio propio. También aseguraba que la traición es como un ácido que remueve el percudido sentimental, esa mugre que vuelve borrosas e ininteligibles las relaciones humanas. Que mi padre perteneciera a esa clase de hombres, los hombres gruesos, fieros y sin comedia, tampoco fue gratuito. Decía que las mujeres eran tanto la fuente del percudido como del solvente. Cuando mi padre emitía sus opiniones, Jan salía a barrer el patio lleno de hojas y polvo. Realizaba el resto de las tareas domésticas en secuencias aleatorias que develaban patrones al pasar las semanas para luego romperse a sí mismas en el vacío. Nadie le cuestionaba nada a Jan, por otra parte.
El hombre traicionado como ideal se me presentó como un grave problema conforme fui creciendo. Y es que, a cierto disgusto de mi padre, yo no nací como un hombre grueso, fiero y sin comedia, sino todo lo contrario: escuálido, pusilánime e inexplicablemente cómico. Aquellas tres cualidades, si es que así es correcto llamarlas, me alejaron del prerrequisito impuesto por mi padre para adquirir un criterio propio. Porque, si bien tiene algo de épico traicionar a un hombre grueso y fiero, nada gratificante existe en tomarse la molestia de malversar a un debilucho. Así, al menos durante los primeros años de vida conciente, el mayor mal que mis enemigos me propinaron consistió en una tangencial indiferencia. Desde chico, he de recalcar, aprendí a hacer de estas debilidades mi principal fuerza. Ahí tienen a Godo, el monstruo de 2° grado, el compañero más grande de la generación, suplicándome que imitara otra vez a Madame Pot. Otra vez, ruge Godo. Rasgo mis ojos con los meñiques y tarareo una melodía espectral. Pobre Godo, tan tonta su carcajada, se despide con una palmada en la espalda y lo imito frente al resto de los compañeros. Días después, sobre las bancas del gimnasio, me tienen al lado de Ida, la bella. Le digo que su vestido es fabuloso, me doy la vuelta y frente a Led tapo mis narices y hago bizcos. Una sucesión de fáciles yuxtaposiciones es la risa de esos niños nórdicos. Descubro también que nada de lo que hago me provoca verdadera gracia: más bien es la risa ajena la que se convierte en una insana adicción.
He de aclarar aquí que el tiempo ha hecho lo propio, y que ahora Godo pertenece también a la clase de hombres gruesos, fieros y sin comedia; mientras que antes sólo era un niño grueso, fiero y sin comedia. Es, qué sorpresa, contador público.
El regreso de la escuela a la casa era un transe durante el cual debía reprimir toda la comicidad remanente. Al principio, no teniendo a bien cómo podría lograrlo, experimenté con moderado éxito explicarme a mí mismo en qué consistía la gracia de mis gracias. Mientras más vueltas daba al asunto, más obvio me parecía que nada de lo que inventaba era en realidad cómico en absoluto. Había días en que después de una explicación demasiado elaborada llegaba a casa frunciendo el ceño. Entonces mi padre abría la puerta con una sonrisa, pensando quizá que finalmente alguien se había dignado a traicionarme.

Sólo llega a pensar con claridad un hombre una vez que ha sido traicionado, escribió alguna vez en una de sus cartas mi padre. Aquel hombre traicionado, continuaba, podrá separar lo accesorio de lo esencial, es decir, habrá adquirido un criterio propio. También aseguraba que la traición es como un ácido que remueve el percudido sentimental, esa mugre que vuelve borrosas e ininteligibles las relaciones humanas. Que mi padre perteneciera a esa clase de hombres, los hombres gruesos, fieros y sin comedia, tampoco fue gratuito. Decía que las mujeres eran tanto la fuente del percudido como del solvente. Cuando mi padre emitía sus opiniones, Jan salía a barrer el patio lleno de hojas y polvo. Realizaba el resto de las tareas domésticas en secuencias aleatorias que develaban patrones al pasar las semanas para luego romperse a sí mismas en el vacío. Nadie le cuestionaba nada a Jan, por otra parte.

El hombre traicionado como ideal se me presentó como un grave problema conforme fui creciendo. Y es que, a cierto disgusto de mi padre, yo no nací como un hombre grueso, fiero y sin comedia, sino todo lo contrario: escuálido, pusilánime e inexplicablemente cómico. Aquellas tres cualidades, si es que así es correcto llamarlas, me alejaron del prerrequisito impuesto por mi padre para adquirir un criterio propio. Porque, si bien tiene algo de épico traicionar a un hombre grueso y fiero, nada gratificante existe en tomarse la molestia de malversar a un debilucho. Así, al menos durante los primeros años de vida conciente, el mayor mal que mis enemigos me propinaron consistió en una tangencial indiferencia. Desde chico, he de recalcar, aprendí a hacer de estas debilidades mi principal fuerza. Ahí tienen a Godo, el monstruo de 2° grado, el compañero más grande de la generación, suplicándome que imitara otra vez a Madame Pot. Otra vez, ruge Godo. Rasgo mis ojos con los meñiques y tarareo una melodía espectral. Pobre Godo, tan tonta su carcajada, se despide con una palmada en la espalda y lo imito frente al resto de los compañeros. Días después, sobre las bancas del gimnasio, me tienen al lado de Ida, la bella. Le digo que su vestido es fabuloso, me doy la vuelta y frente a Led tapo mis narices y hago bizcos. Una sucesión de fáciles yuxtaposiciones es la risa de esos niños nórdicos. Descubro también que nada de lo que hago me provoca verdadera gracia: más bien es la risa ajena la que se convierte en una insana adicción.

He de aclarar aquí que el tiempo ha hecho lo propio, y que ahora Godo pertenece también a la clase de hombres gruesos, fieros y sin comedia, mientras que antes sólo era un niño grueso, fiero y sin comedia. Es, en fin, contador público.

El regreso de la escuela a la casa era un transe durante el cual debía reprimir toda la comicidad remanente. Al principio, no teniendo a bien cómo podría lograrlo, experimenté con moderado éxito explicarme a mí mismo en qué consistía la gracia de mis gracias. Mientras más vueltas daba al asunto, más obvio me parecía que nada de lo que inventaba era en realidad cómico en absoluto. Había días en que después de una explicación demasiado elaborada llegaba a casa frunciendo el ceño. Entonces mi padre abría la puerta con una sonrisa, pensando quizá que finalmente alguien se había dignado a traicionarme.

Published in: on octubre 12, 2009 at 4:46 am  Dejar un comentario  

Cuentos malévolos para desempleados I

Había una vez un director de Recursos Humanos que soñó con una pradera verde y pequeños enanos que saltaban de un lado a otro. Estos eran cientos, todos vestidos de colores pastel y gorritos rojos. Algunos cargaban con morrales atados a sus cinturas, otros llevaban fajos de importantes documentos bajo el brazo. El director de Recursos Humanos entonces se plantó frente a uno de los enanitos saltarines y le preguntó la razón de tanta actividad.
-Mañana hay auditoría –dijo el enano, quien, por azares del inconciente, se parecía a su asistente personal en el corporativo.
-¡Caray! –dijo el director de Recursos Humanos.
-Caray es correcto, señor director. ¿Le digo algo, entre nos? El día de mañana no pinta nada bien, no señor –dijo al quitarse el gorrito y rascarse la pequeña calva.
 Un silbato sonó entonces a lo lejos y todos los enanos dejaron los documentos importantes y los morrales. Comenzaron su baile circular al compás de la gaita, los más gordos buscaron un rincón sombreado para beber licor de menta y azabache. La noche había caído.
 El director de Recursos Humanos se escandalizó ante tal demostración de irresponsabilidad y falta de compromiso. Dio un discurso sobre lo vital de mantenerse enfocado en los objetivos trazados, aunque esto implique algunos sacrificios presentes, que más tarde serían retribuidos con creces. Tanta emoción ponía en sus palabras que hasta la gaita calló.
 Un diminuto enano, un enano enano, si la licencia se me permite, jaló de la bastilla de su pantalón:
-Tenemos que seguir bailando, señor director –dijo el enano enano, aterrorizado. -¿No ve que la gaita y el baile ahuyentan a los dragones? Mire, que ya viene el primero.
 Del oriente surgió entonces una llamarada como de plataforma petrolera. Sólo pudieron ver los ojos flameantes antes de que el batir de sus alas apagara el fuego de la fogata. El director de Recursos Humanos corrió colina abajo, mientras diminutos gritos de horror y carne chamuscada se perdían a sus espaldas. Escuchaba los gritos chirriantes cada vez más cerca, cada vez más distorsionados.
 Despertó con la alarma.
 Ese día, el director de Recursos Humanos perdió el empleo.
 Ya sólo sueña con tierra baldía.

Published in: on septiembre 22, 2009 at 3:05 am  Dejar un comentario  

Estrellas

Nací en el seno de una familia acomodada en la locura. Todos vimos la luz del primer día bajo el signo de géminis: esa era la razón que mi madre usualmente daba para explicar la abundancia de locura con la que mi familia había sido bendecida. Desde chicos, cuando entraba en alguno de sus trances, ya fuesen auténticos o fingidos, nos gritaba desde el comedor que la familia había sido condenada a la demencia.
Digo que todos en la familia nacimos bajo un mismo signo, el signo de géminis, pero en realidad sólo me refiero a mi madre, a mi padre, a mí y a mis siete hermanos. De mis abuelos no conozco nada; mi madre nos contaba de chicos que ella y papá eran como un par de cometas: que habían salido de la nada y que a la nada regresarían una vez que su fuego se extinguiera.  Por eso no conozco nada de los abuelos: ni sus signos, ni su muerte, ni sus nombres.
Por un desplante de humor de mis padres, quizá el primero y último que conocí de ellos, sucedió que decidieron bautizar a su última y única hija con el nombre de Blanca. Durante el bautizo, la mano del sacerdote vibró y chorreó agua por todos lados, menos sobre mi cabeza. Era el año de 1985 y cerca de diez mil personas habían muerto en el temblor de la Ciudad de México.
Mis padres y mis hermanos ahora están muertos, o al menos su fuego se ha extinguido, aunque siempre quedaron dudas acerca de la muerte de Ramiro. Basta decir que, dentro de la locura generalizada, Ramiro era, o es, un caso aparte. A través de las paredes lo oíamos reír desde el amanecer hasta el crepúsculo; nadie sabía por qué. Justo cuando entrábamos en su cuarto hacía mutis, se ponía serio y nos preguntaba qué queríamos. Siempre resultaban situaciones muy incómodas por tratar de adivinar sus planes. Además de inescrutable, estoy segura que Ramiro era, o es, el más malvado.
La marcada diferencia entre mi estatura y la del resto de mis hermanos tampoco ayudó durante el tiempo de la secundaria. La profesora de biología me consolaba diciendo que las niñas se desarrollan antes que los niños, que no había nada de raro en eso. Entre los hermanos tratábamos de no encontrarnos a la hora del receso, o a cualquier hora, en general: juntos éramos como un espectáculo. Hasta el niño tuerto que todos fastidiaban, Felipe, sintió alivio cuando vio que ahora la atención quedaba distribuida entre él, mis hermanos y yo.
Fue Felipe mi novio más estable, o siquiera el menos afectado por la maldición de mi familia. Comenzamos a salir juntos en la preparatoria, durante el mes de junio, acompañados por un par de conos de nieve de fresa.  Lo que más me gustaba de él era el parche negro y su bigotito bicolor verdinegro; más que nada porque había leído a Salgari y yo me figuraba al lado del intrépido Felipe Black aventurando bajo el cielo de los piratas. Ramiro me reprochaba, sin dar argumentos, la relación, y también, ya en el extremo de su locura, el que Felipe hubiese nacido bajo el signo de piscis.
El acuario era responsabilidad de Martín, el primogénito. Nunca me quedó claro en qué consistía esa responsabilidad, pues los peces se morían con relativa frecuencia, y nadie parecía demasiado afectado al ver los pequeños cadáveres flotantes. Considerábamos simbólica e inútil la responsabilidad que le habían asignado, porque todos sabíamos que Martín, a pesar de ser el mayor, era también el más tonto de todos. Incluso después de que mi familia se trasladara al norte y que nosotros estuviéramos enrolados en nuevas escuelas, Martín seguía intentando reconocer las caras de los vecinos antiguos en el nuevo barrio.
Durante los primeros años que vivimos en el norte mis padres se dedicaron a estudiar el libro tibetano de los muertos. Aunque estudiar no es en realidad el verbo más indicado. Lo que sí hacían era leer fragmentos empezando en una página al azar, saltando renglones siguiendo a Fibonacci, o cualquier otra serie arbitraria, luego los mezclaban con rituales zulúes y fumaban mota. Los siete hermanos y yo aprovechamos la distracción cósmica en la que estaban ocupados nuestros padres para fugarnos por unos días de casa.
Fue en el último año de preparatoria que Felipe leyó El arte de la fuga y puso fin a nuestra relación. Por ese entonces yo leía El Principito, sin que su lectura supusiera el cambio de paradigma que tanto me había anunciado que experimentaría. A lo más, los dibujos eran simpáticos. Felipe me dijo que necesitaba expandir horizontes y yo le respondí con una vulgaridad sobre expandir otras cosas. Lo cierto es que desde que Felipe se había hecho la cirugía y puesto el ojo de vidrio no me importaba lo más mínimo terminar con él. Llegué a mi casa y Ramiro me recibió con un abrazo y una enorme caja de chocolates.
Carlos era el más guapo de todos los hermanos. Su belleza lo había vuelto también el más antipático e ignorante, pero a ninguna de sus novias parecía importarle. Le llenaban el coche de dulces y globos que él tiraba a la calle sin pensarlo dos veces. Lo invitaban a cenas de etiqueta y él se emborrachaba antes del primer brindis. Le escribían cartas y versos que pasaba por la trituradora en automático. Yo también lo quería muchísimo, pero no me sorprende que él haya sido el primero en morir.
Para las fugas de noche nos dividíamos en dos grupos, según las afinidades o el azar. En el primer grupo coincidíamos por lo regular Martín, Leonardo y yo, mientras que en el segundo se acoplaban Carlos, Ramiro y Gerardo.  El más diplomático de nosotros, Ignacio, alternaba grupos entre cada fuga. Como era el favorito de nuestros padres, Álvaro nunca salía de casa y mejor se ponía a repasar sus notas de historia y filosofía. Aunque Martín sólo le daba zapes de cariño, Álvaro terminó por engendrar un odio terrible hacia él y, en soledad, hacia todos nosotros.
La locura marcó la primera huella en Leonardo justo salimos de la Ciudad de México. El traslado hacia el norte fue una prueba de resistencia, tanto mental como psíquica, que Leonardo sólo consiguió aprobar convenciéndose a sí mismo de que él era, en suma, un cero a la izquierda. Porque mientras cada quién había encontrado un atributo demente al cual aferrar su breve identidad, Leonardo no encontraba elementos suficientes para justificar su presencia en nuestro pequeño muestrario de la locura: que ni siquiera estaba tan loco como para formar parte. El viaje al norte iluminó a Leonardo, haciéndole evidente que la locura lo invadiría en cuanto la medianía y el tedio de su existencia llegaran al límite.
Yo tuve una serie de novios después de Felipe, pero ninguno llenó el vacío que la cuenca de su ojo había dejado. Probé mancos, cojos, ciegos, sordomudos, cuadripléjicos y retrasados mentales. Tuve que aceptar que con ninguno de ellos podría repetir aquellos veranos de junio comiendo juntos conos de nieve de fresa. Gerardo decía que mi puterío era un insulto a la familia y a las buenas costumbres, buscando mediante sus comentarios la aprobación de Ramiro. Y aunque no estoy completamente segura de que su lambisconería haya sido una forma objetiva de la locura, ya había dejado de prestarle atención para entonces.
Lo cierto es que nunca investigué la genealogía familiar por miedo a la respuesta que pudiera descubrir. Ya habían pasado por mi mente las más diversas teorías: que si mis padres también eran hermanos; que si uno había procreado al otro; que si ambos guardaban en su trasero sendas colas de cerdo. Había hecho tantas conjeturas que me provocaba dolor la arbitrariedad de que una investigación descartase de tajo el resto de las tiernas hipótesis a favor de una sola.
No había pasado un mes del funeral de Carlos cuando encontramos a Martín flotando sobre las piedras del río seco. Mientras que el asesinato de Carlos fue resuelto con relativa prontitud -un simple caso de celos envenenados a la mitad de un triángulo amoroso-, la muerte de Martín presentó un acertijo para la ley y el orden. No se encontraron marcas de lucha en el cuerpo destrozado por la caída; ni hubo testigos oculares que confirmaran que se trataba de un suicidio. Según la cronología de los entrevistados, la última conversación de Martín había sido con Álvaro, quien le había sugerido ir a visitar a los vecinos.
A la par de las consecutivas muertes de sus hijos, mis padres fueron perdiendo corporeidad, como fantasmas que se aceptan tranquilamente volver a la nada sin dar pelea. Después de Gerardo, el tercero en morir, mi madre perdió todo el cabello y a mi padre se le cayeron las uñas de la mano derecha. La casa terminó hecha un lote de refacciones humanas que iban degradándose y asimilándose a las paredes y al piso. Tuve la impresión de que la teoría de los fantasmas no estaba tan fuera de lugar; y que, a fin de cuentas, todos habíamos muerto en el terremoto de 1985, cuando yo apenas era un feto todavía.
Felipe regresó de Viena cuando ya sólo quedábamos Álvaro, Ramiro y yo. Se había puesto horriblemente encantador: tenía los aires de un hombre de mundo. Traté de organizar y hacer presentables un par de cuartos de la casa, barriendo la piel muerta debajo de las alfombras, y guardando en cajones el resto de la basura que mis padres segregaban. Fue durante el ajetreo de la limpieza que descubrí el diario de Martín. Anotaba minuciosamente los detalles de un mundo que existía en paralelo al nuestro, una realidad que era bastante similar a la de nuestro antiguo barrio de la Ciudad de México, antes del derrumbe. Cayó de entre sus páginas un mapa, sobre el cual había sido superpuesto un dibujo transparente, que revelaba los lugares descritos en las páginas del diario.
Por Felipe descubrimos que Leonardo había desaparecido. Finalmente le había llegado a la consecuencia lógica de su medianía, que es la transubstanciación en aire. Después de asombrarnos con el milagro, nos olvidamos de él para siempre. La llegada de Felipe sirvió de maravilla a los planes de Ramiro, que tenía por resolver aún el método para deshacerse del otro hermano. Había pensado que el odio de Álvaro sería suficiente para consumirlo y arrojarlo de lleno a la locura autodestructiva; pero resultó que el odio sólo lo había hecho más fuerte. Los aires frescos de Felipe quebraron la coraza de amargura en Álvaro: por un lado envidiaba sus conocimientos del mundo y de la vida; por otro lado se enamoraba perdidamente en secreto de mi antiguo amor.
El funeral de Álvaro siguió al de mis padres por menos de una semana. Las cartas estaban puestas sobre la mesa, y ya todos conocíamos los objetivos de cada uno: tan sólo esperábamos el momento oportuno para obtener lo que queríamos. Llegué a la casa y me desnudé en la cama, guardé mi cuerpo bajo las sábanas negras. Géminis, dijo Ramiro sin sorpresa al encontrarme, es hora de que la historia se repita. Finalmente nos hemos desprendido de la órbita que nos atrapaba, esos cuerpos horribles que llaman familia: ahora volveremos a ser estrellas. Se desnudó y se abalanzó sobre mí. Di el grito acordado y del armario surgió Felipe listo para terminar con la historia.

Published in: on julio 28, 2009 at 3:07 am  Comments (2)  

Bloomsday

Y sucede que al séptimo día de mi cumpleaños, es decir, después de los seis días que transcurren al festejo -porque yo no cuento los años que no celebro enserio como auténticos-, cada séptimo día, como hoy, sucede que me arrepiento de una decisión tomada hace mucho tiempo y en situaciones completamente distintas y arbitrarias. Como hace unos dos años, que mientras pasaba un shot de tequila de mano en mano entre completos desconocidos de un bar subterráneo recordé mi primer beso en una sala de cine: la película era una cinta de acción de artes marciales, y tanto era el ruido de los golpes y las patadas que ella tuvo que poner sus manos sobre mis oídos (y yo sobre los suyos) para poder concentrarnos; en la película actuaba como estelar uno de esos clones de Bruce Lee: Brian o Brad o Long o Zhang, no recuerdo; pero el aliento de ella me sugería cacahuates y queso chihuahua o champiñones, o incluso era yo mismo. Ella tenía catorce, pero de seguro me mentía en todo momento al igual que yo a ella: y al igual que yo de ella, ella tampoco buscaba enterarse de nada de mí, porque seguro así debía de ser cuando uno no tiene catorce pero sí los oídos sordos y los ojos encuadrados.

Me di cuenta que mis completos desconocidos habían desaparecido junto con el tequila, y fue entonces que comprendí que ya era el séptimo día a mi cumpleaños. Sabía que pronto me arrepentiría de algo, de cualquier cosa en cualquier momento, y la imagen de la sala de cine se me presentaba tan obvia que dolía pensar en ella. Tantas cosas podrían haber resultado diferentes aquel día, es cierto, pero cada factor se deslizaba hermético al resto de los elementos: ¿y si ella hubiera tenido realmente catorce; y si no hubiera sido un clon, sino el original de Bruce Lee; y si nuestro beso no hubiera olido a champiñones y cacahuates, sino a…? No podía ver más allá de lo obvio, como suele suceder en los bares subterráneos cuando se está rodeado por perfectos desconocidos, o se ha estado rodeado, como en mi caso, poco tiempo atrás.

-¿Qué hace?, preguntó la mesera.

-Mire, es un rompecabezas.

-¡Oiga! Deje usted de deshacer las servilletas. Luego se las vamos a empezar a cobrar. ¿Cree que puede venir usted nomás a rompernos las servilletas?

-Disculpe. De verdad lo siento.

En blanco y negro: Bruce Zhang, sangrando en el suelo, recuerda las enseñanzas de su sensei, el maestro Karushi. ¡Hareki!, le dice el fantasma de Karushi, recuerda que sólo verás a tu enemigo desde la ceguera, sólo lo oirás desde la sordera, sólo lo sentirás desde la muerte. Entonces Bruce Zhang –Hareki- se venda los ojos con una pañoleta negra y se tapa los oídos. Un gong resuena por la sala; yo deslizo una mano ágil de su oído a su falda, todavía el queso chihuahua en mi boca y sus ojos encuadrados. Otro gong, más callado, resuena muy cerca.

-¿Y tus amigos?, preguntó la mesera, quién ya no parecía tanto mesera sino la imitación de una mesera.

-¿Los desconocidos, quiere decir?

-Supongo. Oye, ya va siendo hora de,

-Un segundo… disculpe…

-¿Ahora qué?

-Me falta una pieza.

Entonces sucedió lo inevitable, en el banquillo de la barra del bar, bajo la luz negruzca de las repisas y el amarillo de la calle: una fuerza de odio y culpa o miedo que me motivaba a arrepentirme una vez más, arbitrariamente: arrepentirme de la agilidad de Bruce Zhang o de los quesos norteños: más aún, de olvidar los consejos de nuestro sensei y apartar la mano que nos salva del enemigo.

Así fue como la cinta de artes marciales terminó inundándolo todo y cada mano y cada ojo regresó a su sitio y a su asiento; replegadas en la butaca cada ceja y cada nariz: olfateando sólo las palomitas y la mantequilla. Cada cosa terminó archivada en un lugar fijo y así quedó inamovible para siempre, bajo folio y anexo y apéndice: lista para ser escuchada y vista y sentida; en caso de que sea necesario y útil. Exactamente como la recordaba ahora en el séptimo día a mi cumpleaños, mientras también recordaba el bar subterráneo y los desconocidos que me habían abandonado y el tequila.

-¿Quieres que te lleve a algún lado?, me preguntó la no mesera, justo en el momento que buscaba algo de qué arrepentirme hoy.

Published in: on junio 16, 2009 at 3:13 am  Comments (2)  

Hogar

Leo una antología de Chéjov durante los viajes que me alejaron de la realidad virtual por las pasadas semanas. Me queda de ellas en especial un cuento titulado Fracaso, en el que unos padres intentan sorprender al pretendiente de su hija declarando su amor para forzarlo al matrimonio. Para ello ocupan la imagen de un santo con el cual puedan bendecir la unión de su hija con su pretendiente, pero luego resulta que la madre, en lugar de el santo, toma una artesanía secular. El pretendiente, un maestro, descubre entonces el plan de los padres y se fuga antes de que éstos puedan ir por el santo.

De regreso en casa ahora, se me ocurre que leer a Chéjov, con toda la angustia y asfixia que según algunos provoca, es de cierto modo regresar a un hogar. Quizá porque, generalmente, la mayoría de nosotros descubrimos por vez primera la angustia y la asfixia entre las cuatro paredes de una familia. Y mientras la angustia del viajero es impersonal y ascéptica, leer a Chéjov es recordar la cálida angustia de aquella etapa de la vida en la que soñabamos con partir de la estación de tren, con liberarnos de los parientes molestos, con salir del pueblo y usar la universidad como excusa para finalmente cortar el cordón umbilical.

Ahora, de regreso en casa, me encuentro con una amiga a la que hace tiempo no veía. Me cuenta que se casará el próximo año y me alegro por ella, aunque no sé porqué.

Published in: on junio 12, 2009 at 6:36 pm  Dejar un comentario  

Mexicanos al Grito

Las lecturas de la semana:

a) Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue

b) Los esclavos, Alberto Chimal

c) Casi Nunca, Daniel Sada

Y en breve:

A) Me entero que ya recibió del ilustrísimo Sr. Fuentes una reseña cursi en Babelia; y también que el Sr. Paz Soldán ha hecho lo propio en Letras Libres, aunque en un tono menos cursi y más envidioso, y no por ello menos acertado. La historia va de un sujeto que tiene (o cree tener) memoria de todas sus vidas anteriores. En una de esas es un cazamonjes, y en otra una piruja griega; en una es un hombre prehistórico, y en otra un seguidor del buda. En la vida presente es un jalisciense, lo cual es igual de interesante que ser una piruja griega que se liga a Saulo de Tarso, según el Sr. Enrigue. La idea principal es que hay que dejar de matar a tu padre, pero no hay problema con coger con la mujer de tu padre, mientras no sea tu madre, lo cual es muy cierto y sabio y universal. En lo personal, me encantó la novela: le deseo todos los hijos que quiera al Sr. Enrigue.

B) Mientras leía, nunca terminé de hacerme a la idea de que lo que tenía en mis manos era una novela en sí. Me decía a mi mismo: vaya, esta tipografía está muy grande y hay muchos espacios, y mira que pocas páginas, y luego que sólo hay cuatro personajes. Para ser una novela sobre cadenas y argollas, todo es sorprendentemente ligero y fugaz. Quiero decir que la novela no es novela, sino cuento, un enorme cuento seguramente, pero cuento es. Quizá también podría ser teatro: pocos lugares y escasa utilería. Terminando con la paranoia sobre esta cuentovela, la verdad digo que es muy divertida y se la recomiendo: le deseo todos los hijos que quiera al Sr. Chimal.

C) Todavía no termino de leerla, pero pinta bien: aburrimiento y sexo, casi todo ahí dentro: podría tacharle el nombre del autor y decir que es mi autobiografía. Se la recomiendo al mundo entero, con la excepción de la gente que le tiene miedo a un uso compulsivo de los dos puntos. Y por la foto de la contraportada, creo que el Sr. Sada ya tuvo todos los hijos que quería, así que sólo le deseo mucha virilidad.

Así tranquilos, nada nuevo bajo el mexicano sol: más escritores buenos, menos gente que quiera leerlos. Todo felicidad.

Published in: on mayo 20, 2009 at 1:03 pm  Comments (1)  

Ultraterrenas

“Me habla usted ahora de Dios, el creador único y verdadero de todas las cosas, el artífice de todos los seres que pueblan el universo. Está bien. Dios es el único creador. Pero debo decirle que Dios se complace en obras maestras como mi Don Giovanni, la Odisea de Homero o el ‘ingenioso hidalgo’ de Cervantes. Es muy probable que sean éstos los únicos seres de la creación para los que han sido hechos el cielo y el infierno. Sí. La humanidad, hombres y mujeres, son sólo la arcilla, el yeso de Dios, mientras que nosotros los artistas somos sus instrumentos, y cuando la estatua está terminada en mármol o en bronce, él le infunde la vida. Creo que cuando usted muera no dejará rastro alguno, pero no le quepa la menor duda de que por las mansiones de la eternidad pasearán Orlando, el Misántropo y mi Donna Elvira. Tal es la obra de Dios y no está en nosotros criticarle cuando nada sabemos del tiempo y de la eternidad.”

Karen Blixen, Siete cuentos góticos

Published in: on mayo 6, 2009 at 1:40 am  Dejar un comentario  

Extraño Mal

“[…] Porque obligaba a tener trato con gente rara y a enterarse de toda clase de anécdotas cuya acumulación acababa provocando un extraño mal que ‘de golpe y porrazo’ (ya lo dice la expresión) dejaba tieso al enfermo al pie de un murete, con todas sus historietas encerradas en la barriga, inaccesibles ya a la curiosidad de los holgazanes. Sin embargo, don Gaetano, el padre del sacerdote, había conseguido salvarse de esa enfermedad profesional gracias a una higiene rigurosa basada en la discreción y en el uso oportuno de remedios preventivos; de modo que había muerto de una pacífica pulmonía cierto domingo soleado de febrero en que el viento zarandeaba los almendros en flor.”

El Gatopardo, G. Tomasi di Lampedusa

Published in: on abril 30, 2009 at 3:53 am  Dejar un comentario  

Cuarentena

Me hubiera gustado pasar estos días de aburrimiento de claustro y desinformación leyendo White Noise de Don Delillo.

Usted que puede, adelante.

Published in: on abril 28, 2009 at 1:19 am  Dejar un comentario