Biografías Truncas (I)

Sólo llega a pensar con claridad un hombre una vez que ha sido traicionado, escribió alguna vez en una de sus cartas mi padre. Aquel hombre traicionado, continuaba, podrá separar lo accesorio de lo esencial, es decir, habrá adquirido un criterio propio. También aseguraba que la traición es como un ácido que remueve el percudido sentimental, esa mugre que vuelve borrosas e ininteligibles las relaciones humanas. Que mi padre perteneciera a esa clase de hombres, los hombres gruesos, fieros y sin comedia, tampoco fue gratuito. Decía que las mujeres eran tanto la fuente del percudido como del solvente. Cuando mi padre emitía sus opiniones, Jan salía a barrer el patio lleno de hojas y polvo. Realizaba el resto de las tareas domésticas en secuencias aleatorias que develaban patrones al pasar las semanas para luego romperse a sí mismas en el vacío. Nadie le cuestionaba nada a Jan, por otra parte.
El hombre traicionado como ideal se me presentó como un grave problema conforme fui creciendo. Y es que, a cierto disgusto de mi padre, yo no nací como un hombre grueso, fiero y sin comedia, sino todo lo contrario: escuálido, pusilánime e inexplicablemente cómico. Aquellas tres cualidades, si es que así es correcto llamarlas, me alejaron del prerrequisito impuesto por mi padre para adquirir un criterio propio. Porque, si bien tiene algo de épico traicionar a un hombre grueso y fiero, nada gratificante existe en tomarse la molestia de malversar a un debilucho. Así, al menos durante los primeros años de vida conciente, el mayor mal que mis enemigos me propinaron consistió en una tangencial indiferencia. Desde chico, he de recalcar, aprendí a hacer de estas debilidades mi principal fuerza. Ahí tienen a Godo, el monstruo de 2° grado, el compañero más grande de la generación, suplicándome que imitara otra vez a Madame Pot. Otra vez, ruge Godo. Rasgo mis ojos con los meñiques y tarareo una melodía espectral. Pobre Godo, tan tonta su carcajada, se despide con una palmada en la espalda y lo imito frente al resto de los compañeros. Días después, sobre las bancas del gimnasio, me tienen al lado de Ida, la bella. Le digo que su vestido es fabuloso, me doy la vuelta y frente a Led tapo mis narices y hago bizcos. Una sucesión de fáciles yuxtaposiciones es la risa de esos niños nórdicos. Descubro también que nada de lo que hago me provoca verdadera gracia: más bien es la risa ajena la que se convierte en una insana adicción.
He de aclarar aquí que el tiempo ha hecho lo propio, y que ahora Godo pertenece también a la clase de hombres gruesos, fieros y sin comedia; mientras que antes sólo era un niño grueso, fiero y sin comedia. Es, qué sorpresa, contador público.
El regreso de la escuela a la casa era un transe durante el cual debía reprimir toda la comicidad remanente. Al principio, no teniendo a bien cómo podría lograrlo, experimenté con moderado éxito explicarme a mí mismo en qué consistía la gracia de mis gracias. Mientras más vueltas daba al asunto, más obvio me parecía que nada de lo que inventaba era en realidad cómico en absoluto. Había días en que después de una explicación demasiado elaborada llegaba a casa frunciendo el ceño. Entonces mi padre abría la puerta con una sonrisa, pensando quizá que finalmente alguien se había dignado a traicionarme.

Sólo llega a pensar con claridad un hombre una vez que ha sido traicionado, escribió alguna vez en una de sus cartas mi padre. Aquel hombre traicionado, continuaba, podrá separar lo accesorio de lo esencial, es decir, habrá adquirido un criterio propio. También aseguraba que la traición es como un ácido que remueve el percudido sentimental, esa mugre que vuelve borrosas e ininteligibles las relaciones humanas. Que mi padre perteneciera a esa clase de hombres, los hombres gruesos, fieros y sin comedia, tampoco fue gratuito. Decía que las mujeres eran tanto la fuente del percudido como del solvente. Cuando mi padre emitía sus opiniones, Jan salía a barrer el patio lleno de hojas y polvo. Realizaba el resto de las tareas domésticas en secuencias aleatorias que develaban patrones al pasar las semanas para luego romperse a sí mismas en el vacío. Nadie le cuestionaba nada a Jan, por otra parte.

El hombre traicionado como ideal se me presentó como un grave problema conforme fui creciendo. Y es que, a cierto disgusto de mi padre, yo no nací como un hombre grueso, fiero y sin comedia, sino todo lo contrario: escuálido, pusilánime e inexplicablemente cómico. Aquellas tres cualidades, si es que así es correcto llamarlas, me alejaron del prerrequisito impuesto por mi padre para adquirir un criterio propio. Porque, si bien tiene algo de épico traicionar a un hombre grueso y fiero, nada gratificante existe en tomarse la molestia de malversar a un debilucho. Así, al menos durante los primeros años de vida conciente, el mayor mal que mis enemigos me propinaron consistió en una tangencial indiferencia. Desde chico, he de recalcar, aprendí a hacer de estas debilidades mi principal fuerza. Ahí tienen a Godo, el monstruo de 2° grado, el compañero más grande de la generación, suplicándome que imitara otra vez a Madame Pot. Otra vez, ruge Godo. Rasgo mis ojos con los meñiques y tarareo una melodía espectral. Pobre Godo, tan tonta su carcajada, se despide con una palmada en la espalda y lo imito frente al resto de los compañeros. Días después, sobre las bancas del gimnasio, me tienen al lado de Ida, la bella. Le digo que su vestido es fabuloso, me doy la vuelta y frente a Led tapo mis narices y hago bizcos. Una sucesión de fáciles yuxtaposiciones es la risa de esos niños nórdicos. Descubro también que nada de lo que hago me provoca verdadera gracia: más bien es la risa ajena la que se convierte en una insana adicción.

He de aclarar aquí que el tiempo ha hecho lo propio, y que ahora Godo pertenece también a la clase de hombres gruesos, fieros y sin comedia, mientras que antes sólo era un niño grueso, fiero y sin comedia. Es, en fin, contador público.

El regreso de la escuela a la casa era un transe durante el cual debía reprimir toda la comicidad remanente. Al principio, no teniendo a bien cómo podría lograrlo, experimenté con moderado éxito explicarme a mí mismo en qué consistía la gracia de mis gracias. Mientras más vueltas daba al asunto, más obvio me parecía que nada de lo que inventaba era en realidad cómico en absoluto. Había días en que después de una explicación demasiado elaborada llegaba a casa frunciendo el ceño. Entonces mi padre abría la puerta con una sonrisa, pensando quizá que finalmente alguien se había dignado a traicionarme.

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Published in: on octubre 12, 2009 at 4:46 am  Dejar un comentario