Estrellas

Nací en el seno de una familia acomodada en la locura. Todos vimos la luz del primer día bajo el signo de géminis: esa era la razón que mi madre usualmente daba para explicar la abundancia de locura con la que mi familia había sido bendecida. Desde chicos, cuando entraba en alguno de sus trances, ya fuesen auténticos o fingidos, nos gritaba desde el comedor que la familia había sido condenada a la demencia.
Digo que todos en la familia nacimos bajo un mismo signo, el signo de géminis, pero en realidad sólo me refiero a mi madre, a mi padre, a mí y a mis siete hermanos. De mis abuelos no conozco nada; mi madre nos contaba de chicos que ella y papá eran como un par de cometas: que habían salido de la nada y que a la nada regresarían una vez que su fuego se extinguiera.  Por eso no conozco nada de los abuelos: ni sus signos, ni su muerte, ni sus nombres.
Por un desplante de humor de mis padres, quizá el primero y último que conocí de ellos, sucedió que decidieron bautizar a su última y única hija con el nombre de Blanca. Durante el bautizo, la mano del sacerdote vibró y chorreó agua por todos lados, menos sobre mi cabeza. Era el año de 1985 y cerca de diez mil personas habían muerto en el temblor de la Ciudad de México.
Mis padres y mis hermanos ahora están muertos, o al menos su fuego se ha extinguido, aunque siempre quedaron dudas acerca de la muerte de Ramiro. Basta decir que, dentro de la locura generalizada, Ramiro era, o es, un caso aparte. A través de las paredes lo oíamos reír desde el amanecer hasta el crepúsculo; nadie sabía por qué. Justo cuando entrábamos en su cuarto hacía mutis, se ponía serio y nos preguntaba qué queríamos. Siempre resultaban situaciones muy incómodas por tratar de adivinar sus planes. Además de inescrutable, estoy segura que Ramiro era, o es, el más malvado.
La marcada diferencia entre mi estatura y la del resto de mis hermanos tampoco ayudó durante el tiempo de la secundaria. La profesora de biología me consolaba diciendo que las niñas se desarrollan antes que los niños, que no había nada de raro en eso. Entre los hermanos tratábamos de no encontrarnos a la hora del receso, o a cualquier hora, en general: juntos éramos como un espectáculo. Hasta el niño tuerto que todos fastidiaban, Felipe, sintió alivio cuando vio que ahora la atención quedaba distribuida entre él, mis hermanos y yo.
Fue Felipe mi novio más estable, o siquiera el menos afectado por la maldición de mi familia. Comenzamos a salir juntos en la preparatoria, durante el mes de junio, acompañados por un par de conos de nieve de fresa.  Lo que más me gustaba de él era el parche negro y su bigotito bicolor verdinegro; más que nada porque había leído a Salgari y yo me figuraba al lado del intrépido Felipe Black aventurando bajo el cielo de los piratas. Ramiro me reprochaba, sin dar argumentos, la relación, y también, ya en el extremo de su locura, el que Felipe hubiese nacido bajo el signo de piscis.
El acuario era responsabilidad de Martín, el primogénito. Nunca me quedó claro en qué consistía esa responsabilidad, pues los peces se morían con relativa frecuencia, y nadie parecía demasiado afectado al ver los pequeños cadáveres flotantes. Considerábamos simbólica e inútil la responsabilidad que le habían asignado, porque todos sabíamos que Martín, a pesar de ser el mayor, era también el más tonto de todos. Incluso después de que mi familia se trasladara al norte y que nosotros estuviéramos enrolados en nuevas escuelas, Martín seguía intentando reconocer las caras de los vecinos antiguos en el nuevo barrio.
Durante los primeros años que vivimos en el norte mis padres se dedicaron a estudiar el libro tibetano de los muertos. Aunque estudiar no es en realidad el verbo más indicado. Lo que sí hacían era leer fragmentos empezando en una página al azar, saltando renglones siguiendo a Fibonacci, o cualquier otra serie arbitraria, luego los mezclaban con rituales zulúes y fumaban mota. Los siete hermanos y yo aprovechamos la distracción cósmica en la que estaban ocupados nuestros padres para fugarnos por unos días de casa.
Fue en el último año de preparatoria que Felipe leyó El arte de la fuga y puso fin a nuestra relación. Por ese entonces yo leía El Principito, sin que su lectura supusiera el cambio de paradigma que tanto me había anunciado que experimentaría. A lo más, los dibujos eran simpáticos. Felipe me dijo que necesitaba expandir horizontes y yo le respondí con una vulgaridad sobre expandir otras cosas. Lo cierto es que desde que Felipe se había hecho la cirugía y puesto el ojo de vidrio no me importaba lo más mínimo terminar con él. Llegué a mi casa y Ramiro me recibió con un abrazo y una enorme caja de chocolates.
Carlos era el más guapo de todos los hermanos. Su belleza lo había vuelto también el más antipático e ignorante, pero a ninguna de sus novias parecía importarle. Le llenaban el coche de dulces y globos que él tiraba a la calle sin pensarlo dos veces. Lo invitaban a cenas de etiqueta y él se emborrachaba antes del primer brindis. Le escribían cartas y versos que pasaba por la trituradora en automático. Yo también lo quería muchísimo, pero no me sorprende que él haya sido el primero en morir.
Para las fugas de noche nos dividíamos en dos grupos, según las afinidades o el azar. En el primer grupo coincidíamos por lo regular Martín, Leonardo y yo, mientras que en el segundo se acoplaban Carlos, Ramiro y Gerardo.  El más diplomático de nosotros, Ignacio, alternaba grupos entre cada fuga. Como era el favorito de nuestros padres, Álvaro nunca salía de casa y mejor se ponía a repasar sus notas de historia y filosofía. Aunque Martín sólo le daba zapes de cariño, Álvaro terminó por engendrar un odio terrible hacia él y, en soledad, hacia todos nosotros.
La locura marcó la primera huella en Leonardo justo salimos de la Ciudad de México. El traslado hacia el norte fue una prueba de resistencia, tanto mental como psíquica, que Leonardo sólo consiguió aprobar convenciéndose a sí mismo de que él era, en suma, un cero a la izquierda. Porque mientras cada quién había encontrado un atributo demente al cual aferrar su breve identidad, Leonardo no encontraba elementos suficientes para justificar su presencia en nuestro pequeño muestrario de la locura: que ni siquiera estaba tan loco como para formar parte. El viaje al norte iluminó a Leonardo, haciéndole evidente que la locura lo invadiría en cuanto la medianía y el tedio de su existencia llegaran al límite.
Yo tuve una serie de novios después de Felipe, pero ninguno llenó el vacío que la cuenca de su ojo había dejado. Probé mancos, cojos, ciegos, sordomudos, cuadripléjicos y retrasados mentales. Tuve que aceptar que con ninguno de ellos podría repetir aquellos veranos de junio comiendo juntos conos de nieve de fresa. Gerardo decía que mi puterío era un insulto a la familia y a las buenas costumbres, buscando mediante sus comentarios la aprobación de Ramiro. Y aunque no estoy completamente segura de que su lambisconería haya sido una forma objetiva de la locura, ya había dejado de prestarle atención para entonces.
Lo cierto es que nunca investigué la genealogía familiar por miedo a la respuesta que pudiera descubrir. Ya habían pasado por mi mente las más diversas teorías: que si mis padres también eran hermanos; que si uno había procreado al otro; que si ambos guardaban en su trasero sendas colas de cerdo. Había hecho tantas conjeturas que me provocaba dolor la arbitrariedad de que una investigación descartase de tajo el resto de las tiernas hipótesis a favor de una sola.
No había pasado un mes del funeral de Carlos cuando encontramos a Martín flotando sobre las piedras del río seco. Mientras que el asesinato de Carlos fue resuelto con relativa prontitud -un simple caso de celos envenenados a la mitad de un triángulo amoroso-, la muerte de Martín presentó un acertijo para la ley y el orden. No se encontraron marcas de lucha en el cuerpo destrozado por la caída; ni hubo testigos oculares que confirmaran que se trataba de un suicidio. Según la cronología de los entrevistados, la última conversación de Martín había sido con Álvaro, quien le había sugerido ir a visitar a los vecinos.
A la par de las consecutivas muertes de sus hijos, mis padres fueron perdiendo corporeidad, como fantasmas que se aceptan tranquilamente volver a la nada sin dar pelea. Después de Gerardo, el tercero en morir, mi madre perdió todo el cabello y a mi padre se le cayeron las uñas de la mano derecha. La casa terminó hecha un lote de refacciones humanas que iban degradándose y asimilándose a las paredes y al piso. Tuve la impresión de que la teoría de los fantasmas no estaba tan fuera de lugar; y que, a fin de cuentas, todos habíamos muerto en el terremoto de 1985, cuando yo apenas era un feto todavía.
Felipe regresó de Viena cuando ya sólo quedábamos Álvaro, Ramiro y yo. Se había puesto horriblemente encantador: tenía los aires de un hombre de mundo. Traté de organizar y hacer presentables un par de cuartos de la casa, barriendo la piel muerta debajo de las alfombras, y guardando en cajones el resto de la basura que mis padres segregaban. Fue durante el ajetreo de la limpieza que descubrí el diario de Martín. Anotaba minuciosamente los detalles de un mundo que existía en paralelo al nuestro, una realidad que era bastante similar a la de nuestro antiguo barrio de la Ciudad de México, antes del derrumbe. Cayó de entre sus páginas un mapa, sobre el cual había sido superpuesto un dibujo transparente, que revelaba los lugares descritos en las páginas del diario.
Por Felipe descubrimos que Leonardo había desaparecido. Finalmente le había llegado a la consecuencia lógica de su medianía, que es la transubstanciación en aire. Después de asombrarnos con el milagro, nos olvidamos de él para siempre. La llegada de Felipe sirvió de maravilla a los planes de Ramiro, que tenía por resolver aún el método para deshacerse del otro hermano. Había pensado que el odio de Álvaro sería suficiente para consumirlo y arrojarlo de lleno a la locura autodestructiva; pero resultó que el odio sólo lo había hecho más fuerte. Los aires frescos de Felipe quebraron la coraza de amargura en Álvaro: por un lado envidiaba sus conocimientos del mundo y de la vida; por otro lado se enamoraba perdidamente en secreto de mi antiguo amor.
El funeral de Álvaro siguió al de mis padres por menos de una semana. Las cartas estaban puestas sobre la mesa, y ya todos conocíamos los objetivos de cada uno: tan sólo esperábamos el momento oportuno para obtener lo que queríamos. Llegué a la casa y me desnudé en la cama, guardé mi cuerpo bajo las sábanas negras. Géminis, dijo Ramiro sin sorpresa al encontrarme, es hora de que la historia se repita. Finalmente nos hemos desprendido de la órbita que nos atrapaba, esos cuerpos horribles que llaman familia: ahora volveremos a ser estrellas. Se desnudó y se abalanzó sobre mí. Di el grito acordado y del armario surgió Felipe listo para terminar con la historia.

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Published in: on julio 28, 2009 at 3:07 am  Comments (2)