Bloomsday

Y sucede que al séptimo día de mi cumpleaños, es decir, después de los seis días que transcurren al festejo -porque yo no cuento los años que no celebro enserio como auténticos-, cada séptimo día, como hoy, sucede que me arrepiento de una decisión tomada hace mucho tiempo y en situaciones completamente distintas y arbitrarias. Como hace unos dos años, que mientras pasaba un shot de tequila de mano en mano entre completos desconocidos de un bar subterráneo recordé mi primer beso en una sala de cine: la película era una cinta de acción de artes marciales, y tanto era el ruido de los golpes y las patadas que ella tuvo que poner sus manos sobre mis oídos (y yo sobre los suyos) para poder concentrarnos; en la película actuaba como estelar uno de esos clones de Bruce Lee: Brian o Brad o Long o Zhang, no recuerdo; pero el aliento de ella me sugería cacahuates y queso chihuahua o champiñones, o incluso era yo mismo. Ella tenía catorce, pero de seguro me mentía en todo momento al igual que yo a ella: y al igual que yo de ella, ella tampoco buscaba enterarse de nada de mí, porque seguro así debía de ser cuando uno no tiene catorce pero sí los oídos sordos y los ojos encuadrados.

Me di cuenta que mis completos desconocidos habían desaparecido junto con el tequila, y fue entonces que comprendí que ya era el séptimo día a mi cumpleaños. Sabía que pronto me arrepentiría de algo, de cualquier cosa en cualquier momento, y la imagen de la sala de cine se me presentaba tan obvia que dolía pensar en ella. Tantas cosas podrían haber resultado diferentes aquel día, es cierto, pero cada factor se deslizaba hermético al resto de los elementos: ¿y si ella hubiera tenido realmente catorce; y si no hubiera sido un clon, sino el original de Bruce Lee; y si nuestro beso no hubiera olido a champiñones y cacahuates, sino a…? No podía ver más allá de lo obvio, como suele suceder en los bares subterráneos cuando se está rodeado por perfectos desconocidos, o se ha estado rodeado, como en mi caso, poco tiempo atrás.

-¿Qué hace?, preguntó la mesera.

-Mire, es un rompecabezas.

-¡Oiga! Deje usted de deshacer las servilletas. Luego se las vamos a empezar a cobrar. ¿Cree que puede venir usted nomás a rompernos las servilletas?

-Disculpe. De verdad lo siento.

En blanco y negro: Bruce Zhang, sangrando en el suelo, recuerda las enseñanzas de su sensei, el maestro Karushi. ¡Hareki!, le dice el fantasma de Karushi, recuerda que sólo verás a tu enemigo desde la ceguera, sólo lo oirás desde la sordera, sólo lo sentirás desde la muerte. Entonces Bruce Zhang –Hareki- se venda los ojos con una pañoleta negra y se tapa los oídos. Un gong resuena por la sala; yo deslizo una mano ágil de su oído a su falda, todavía el queso chihuahua en mi boca y sus ojos encuadrados. Otro gong, más callado, resuena muy cerca.

-¿Y tus amigos?, preguntó la mesera, quién ya no parecía tanto mesera sino la imitación de una mesera.

-¿Los desconocidos, quiere decir?

-Supongo. Oye, ya va siendo hora de,

-Un segundo… disculpe…

-¿Ahora qué?

-Me falta una pieza.

Entonces sucedió lo inevitable, en el banquillo de la barra del bar, bajo la luz negruzca de las repisas y el amarillo de la calle: una fuerza de odio y culpa o miedo que me motivaba a arrepentirme una vez más, arbitrariamente: arrepentirme de la agilidad de Bruce Zhang o de los quesos norteños: más aún, de olvidar los consejos de nuestro sensei y apartar la mano que nos salva del enemigo.

Así fue como la cinta de artes marciales terminó inundándolo todo y cada mano y cada ojo regresó a su sitio y a su asiento; replegadas en la butaca cada ceja y cada nariz: olfateando sólo las palomitas y la mantequilla. Cada cosa terminó archivada en un lugar fijo y así quedó inamovible para siempre, bajo folio y anexo y apéndice: lista para ser escuchada y vista y sentida; en caso de que sea necesario y útil. Exactamente como la recordaba ahora en el séptimo día a mi cumpleaños, mientras también recordaba el bar subterráneo y los desconocidos que me habían abandonado y el tequila.

-¿Quieres que te lleve a algún lado?, me preguntó la no mesera, justo en el momento que buscaba algo de qué arrepentirme hoy.

Published in: on junio 16, 2009 at 3:13 am  Comments (2)  

Hogar

Leo una antología de Chéjov durante los viajes que me alejaron de la realidad virtual por las pasadas semanas. Me queda de ellas en especial un cuento titulado Fracaso, en el que unos padres intentan sorprender al pretendiente de su hija declarando su amor para forzarlo al matrimonio. Para ello ocupan la imagen de un santo con el cual puedan bendecir la unión de su hija con su pretendiente, pero luego resulta que la madre, en lugar de el santo, toma una artesanía secular. El pretendiente, un maestro, descubre entonces el plan de los padres y se fuga antes de que éstos puedan ir por el santo.

De regreso en casa ahora, se me ocurre que leer a Chéjov, con toda la angustia y asfixia que según algunos provoca, es de cierto modo regresar a un hogar. Quizá porque, generalmente, la mayoría de nosotros descubrimos por vez primera la angustia y la asfixia entre las cuatro paredes de una familia. Y mientras la angustia del viajero es impersonal y ascéptica, leer a Chéjov es recordar la cálida angustia de aquella etapa de la vida en la que soñabamos con partir de la estación de tren, con liberarnos de los parientes molestos, con salir del pueblo y usar la universidad como excusa para finalmente cortar el cordón umbilical.

Ahora, de regreso en casa, me encuentro con una amiga a la que hace tiempo no veía. Me cuenta que se casará el próximo año y me alegro por ella, aunque no sé porqué.

Published in: on junio 12, 2009 at 6:36 pm  Dejar un comentario