En el Azulejo

Me disculparán el atrevimiento de subirme aquí, frente a ustedes, sin el preámbulo de una banda o de un presentador, cosas por demás indispensables en el honrado oficio que mis compañeros ejercen; como también el asegurarles desde ya que no habrá interludios musicales, por razones técnicas y vulgares y que se escapan totalmente de mi limitada comprensión. Espero que la omisión de estos elementos no contravenga el sentido del lugar que nos acoge esta noche, y con ello me refiero exclusivamente a la venta de bebidas embriagantes; a tomar y a beber les exhorto, aunque por ello tengan que dejar de reír de vez en cuando y de complacerme con sus merecidos aplausos. Yo les digo también, así empezamos apenas, que no conozco estos parajes y que, por ello, me será difícil participar en el protocolo que se acostumbra para romper el hielo, para acercarse al respetable y preguntarle los lugares de donde nos visita. Nada me agradaría más que inquirir sobre su procedencia, mi respetable, pero a su respuesta no tendría contestación más cómica que un respetuoso silencio. Me disculparán entonces el asumir que mi respetable viene de pueblos más pequeños en relación al que nos encuentra esta noche: lugares tan aburridos, familias tan numerosas, calles tan desiertas y trabajos tan infrahumanos que es preciso abandonarlos con cierta regularidad para buscar espectáculos de voluble calidad como el que disfrutarán a continuación. Le pido también, mi respetable, que no se sorprenda si durante lo que dura la función no hago referencia específica a sus características físicas, aquellas peculiaridades que, según tengo entendido, explotan con mucha más gracia y arte mis compañeros de oficio: una nariz de lechuza, una calva de brillo asimétrico o un par de ojos bizcos serán sin duda el deleite apropiado para otra ocasión. Me disculparán así tanto la miopía como el astigmatismo: terribles condenas que han mermado mi visión desde niño, y que me impiden divisar más allá de las luces de estroboscopio y el micrófono que sostienen frente a mí. Como entenderá por esto mi respetable, me veo en la pena de seguir la línea de infundadas suposiciones: usted es, con una incertidumbre nada despreciable, veinticuatro hombres y diez mujeres que rondan entre los veintidós y los cuarenta y cinco años de edad; ha terminado con toda seguridad la educación básica y media; sus ingresos lo posicionan en una fluctuante y temerosa clase media; tiene uno punto tres hijos y medio perro promedio que afortunadamente ha dejado en casa. Espero que la omisión de algún elemento sentimental no provoque el resentimiento o la ira entre los presentes: nada peor para un carácter sensible como el de un servidor que la manifestación corpórea de alguna desavenencia humana: por ejemplo, apenas abro las páginas de un diario y el apetito o la digestión se me arruina al instante, dependiendo de la hora del almuerzo. Nada me agradaría más que saber de los conflictos humanos para esbozar un gran chiste sobre las relaciones de pareja y las diferencias entre los sexos; aquellos hilos que tejen de trama inverosímil las tragedias contemporáneas y los entremeses de pequeñas victorias: ¡qué broma sería! , me he dicho en un arranque de emoción. Lástima, como puede ver mi respetable, que mi arte se presente paralítico, como mis extremidades inferiores y las no tan inferiores, apenas pudiendo moverse con la ayuda de mecanismos retóricos y palabrería; viajando lento y en reversa, como en mi silla de ruedas, en la mayoría de los casos. Yo les digo también, aunque quizás algo tarde, por descuido, que nunca cargo con peluca ni maquillaje, y que tampoco sé bien hacer imitaciones de artistas famosos como mis compañeros de oficio. Me disculparán la hora, pero creo que, antes de seguir, sería bueno contar uno de cómicos. Un cómico le pregunta a otro: ‘Y tú, ¿de dónde eres?’, y el otro responde: ‘Se me ha olvidado’, y los dos se quedan callados, porque tienen alzhéimer.

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Published in: on marzo 9, 2009 at 6:06 am  Dejar un comentario  

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