Fanatismo

Tenía mis dudas al respecto, no lo puedo negar. Aun cuando, sentado en el borde opuesto de la cama, colocaba los aros del cilicio sobre mi muslo: los ajustaba lentamente y terminaba anudando las correas por sus extremos. Me vino entonces la impresión de estar traspasando un umbral movedizo, del cual no había regreso posible, o al menos no completamente. Le cedí el flagelo de cinco puntas y cerré los ojos.
Puso la rueda de granito en marcha y chirrearon partículas de metal enrojecidas. Cada uno de los ganchos diminutos requería su total atención. En caso de no estar bien afilados, podrían incrustarse a medias o ni siquiera eso, me había explicado. Yo trataba de no recordar La Pasión de Cristo de Mel Gibson, y en realidad no lo conseguía.
Había conocido a Melinda en una cátedra de la facultad de ciencias sociales, mientras se exponían en plantillas de PowerPoint imágenes sobre el tema: La Tortura y el Renacentismo. Me pareció raro su interés, considerando que no había leído El Código Da Vinci o Ángeles y Demonios, y que tampoco había visto las películas. Doblemente extraño: en lugar de pegostes sobre teorías de conspiración y artes ocultas, su mochila estaba cubierta por calcomanías de personajes provenientes del anime comercial, y uno que otro desconocido. Llevaba una falda muy corta de colegiala. Sin perder detalle de la conferencia, anotó Tomás Moro junto a tres signos de exclamación, y un corazón con ojos y sonrisa en su libreta de Hello Kitty. Yo me reí y el profesor me corrió del aula. La esperé afuera y le pregunté si quería ir a una convención de cómics que tendría lugar la siguiente semana.
La encontré en la Sala A de exposiciones, al lado de un puesto relleno de muñecos coleccionables de Viaje a las Estrellas. Su propietario tendría más de sesenta años. Melinda miraba a ambos, dueño y muñecos, como reliquias curiosas e indescifrables, de tiempos muy, muy lejanos. Cuando me vio, corrió hacia mí y me abrazó; un gesto que me pareció exagerado y teatral, indiscutiblemente japonés.
–¡Ignacio de Loyola! –me dijo, al confundir mi Obi-Wan Kenobi con el santo del Opus Dei.
Ese primer equívoco dio pie a otros más drásticos, hasta que llegamos al cilicio y a la piedra de granito. No me pregunten cómo: los fetiches recorren caminos misteriosos e inefables, caminos que en ocasiones se parecen al cariño o al amor. ¡Kawaii!, diría Melinda, quien ahora me entregaba el flagelo de regreso, ansiosa de ver volar pedacitos de carne auto-mortificada.
Sin saber cómo, extraños pensamientos ocuparon mi cerebro al verla tan feliz y expectante. Turn to the Dark Side, susurraba Lord Sith en mi oído, llamándome a que diera ese giro hacia el lado oscuro. Ya no era mi juego el rol de Obi-Wan, ni de Luke, y mucho menos de San Ignacio. Con el flagelo en mano, mi lightsaber, reinventaba la Fuerza, pervirtiéndola.
–¿Oye? ¿Ya es hora, no? –preguntó Melinda, sin tener puta idea de lo que le esperaba.

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Published in: on diciembre 11, 2008 at 1:45 am  Comments (1)  

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  1. Magistral!


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