Destrucción

“Te voy a decir algo muy importante. Mira: a cierta edad lo primero que se pierde (y eso hace ya un tiempo que lo perdí) es la sensibilidad; basta con ver la tontería de libro que acabo de publicar. Luego, se pierde la imaginación. No sabes cómo la estoy echando en falta estos días para imaginarme cualquier cosa que me tranquilizara acerca del estado de envejecimiento en el que he entrado. Se pierden sensibilidad e imaginación, y lo único que a uno le queda es la inteligencia, que es un elemento destructivo: todo lo encuentra mal”

Enrique Vila-Matas, Lejos de Veracruz

Published in: on diciembre 21, 2008 at 10:29 pm  Dejar un comentario  

De Vuelta

He conseguido un trabajo, lo que, en estos tiempos de crisis, no es poca cosa. Ya se imaginarán de qué se trata, por lo que les he contado hasta el momento: tiene que ver con glándulas que escupen fuego, mueven engranes y prenden luces. Me encanta, aunque es verdad que podría morir allí de un descuido: si me distraigo en la jaula de los changos, o si me enamoro de la mujer jirafa, por ejemplo. Soy un domador de dragones, aunque ese no sea el título oficial, ya que me contrataron por vía de una empresa fantasma. Evadir impuestos y ahorrarse prestaciones, me dijeron.

Un trabajo muy técnico, de esos que no le cuentas a tu novia por miedo a que se aburra y se le ocurran ideas perversas como querer casarse. Claro que no le he dicho exactamente qué hago, así que probablemente me vea en su cabeza sentado frente a una hoja de excel haciendo números. Mejor así, me digo. A ella la despidieron hace poco y no quiero echarle en cara mi éxito. Como domador de dragones se gana bien, lo que hace las cosas complicadas: la sigo llevando a lugares que ahora me parecen terribles y le regalo pura porquería.  Hay que fingir bien, y como saben, soy pésimo para eso.

Published in: on diciembre 20, 2008 at 6:46 pm  Dejar un comentario  

Fanatismo

Tenía mis dudas al respecto, no lo puedo negar. Aun cuando, sentado en el borde opuesto de la cama, colocaba los aros del cilicio sobre mi muslo: los ajustaba lentamente y terminaba anudando las correas por sus extremos. Me vino entonces la impresión de estar traspasando un umbral movedizo, del cual no había regreso posible, o al menos no completamente. Le cedí el flagelo de cinco puntas y cerré los ojos.
Puso la rueda de granito en marcha y chirrearon partículas de metal enrojecidas. Cada uno de los ganchos diminutos requería su total atención. En caso de no estar bien afilados, podrían incrustarse a medias o ni siquiera eso, me había explicado. Yo trataba de no recordar La Pasión de Cristo de Mel Gibson, y en realidad no lo conseguía.
Había conocido a Melinda en una cátedra de la facultad de ciencias sociales, mientras se exponían en plantillas de PowerPoint imágenes sobre el tema: La Tortura y el Renacentismo. Me pareció raro su interés, considerando que no había leído El Código Da Vinci o Ángeles y Demonios, y que tampoco había visto las películas. Doblemente extraño: en lugar de pegostes sobre teorías de conspiración y artes ocultas, su mochila estaba cubierta por calcomanías de personajes provenientes del anime comercial, y uno que otro desconocido. Llevaba una falda muy corta de colegiala. Sin perder detalle de la conferencia, anotó Tomás Moro junto a tres signos de exclamación, y un corazón con ojos y sonrisa en su libreta de Hello Kitty. Yo me reí y el profesor me corrió del aula. La esperé afuera y le pregunté si quería ir a una convención de cómics que tendría lugar la siguiente semana.
La encontré en la Sala A de exposiciones, al lado de un puesto relleno de muñecos coleccionables de Viaje a las Estrellas. Su propietario tendría más de sesenta años. Melinda miraba a ambos, dueño y muñecos, como reliquias curiosas e indescifrables, de tiempos muy, muy lejanos. Cuando me vio, corrió hacia mí y me abrazó; un gesto que me pareció exagerado y teatral, indiscutiblemente japonés.
–¡Ignacio de Loyola! –me dijo, al confundir mi Obi-Wan Kenobi con el santo del Opus Dei.
Ese primer equívoco dio pie a otros más drásticos, hasta que llegamos al cilicio y a la piedra de granito. No me pregunten cómo: los fetiches recorren caminos misteriosos e inefables, caminos que en ocasiones se parecen al cariño o al amor. ¡Kawaii!, diría Melinda, quien ahora me entregaba el flagelo de regreso, ansiosa de ver volar pedacitos de carne auto-mortificada.
Sin saber cómo, extraños pensamientos ocuparon mi cerebro al verla tan feliz y expectante. Turn to the Dark Side, susurraba Lord Sith en mi oído, llamándome a que diera ese giro hacia el lado oscuro. Ya no era mi juego el rol de Obi-Wan, ni de Luke, y mucho menos de San Ignacio. Con el flagelo en mano, mi lightsaber, reinventaba la Fuerza, pervirtiéndola.
–¿Oye? ¿Ya es hora, no? –preguntó Melinda, sin tener puta idea de lo que le esperaba.

Published in: on diciembre 11, 2008 at 1:45 am  Comments (1)  

Biografía

Los editores de una antología me pidieron hacer una biografía breve que acompañara un cuento. Aquí está el resultado (el cuento aparecerá próximamente):

R.H.G. es un mexicano de 22 años de edad que escribe. También baila salsa y gusta del jazz gitano de los años 30’s. Ha vivido toda su vida en Monterrey, con la breve excepción de un año de intercambio en Alemania. Ingeniero recién graduado en Mecánica, R. promete mucho, aunque exactamente qué, nadie sabe. Cuando no escribe o lee, R. ve la televisión y se deprime horriblemente. También se le cae el cabello.

Published in: on diciembre 9, 2008 at 7:31 am  Dejar un comentario