Fama

No entiendo exactamente qué es lo que les causaba tanta gracia del video. Un borracho más frente a la cámara, en mi opinión, diciendo cosas de borrachos y vomitándolo todo. Con su elegante saco negro, en calzoncillos y sosteniendo una maraca, cantando canciones que ni le gustaban.

Si tan sólo no hubiera dicho mi nombre, pensaba. Aunque en realidad no era un pensamiento, en toda forma, sino algo mucho más oscuro. Vaya, como ver un choque en cámara lenta desde la perspectiva del conductor una y otra vez.

No podía dejarlo ir. Aprendí de memoria los bailes descoordinados y las inefables poses. Ellos, por su parte, no tardaron en reproducir las frases célebres como ringtones y tampoco en crear el remix tecno. Se multiplicaba su imagen en parodias y contraparodias, metaburlas interchistuales.

Iba cediendo poco a poco a la gravedad de las cosas.  Cuando me preguntaban en la calle si yo era la novia, pues ya qué importa: les respondía que sí. Había incorporado el ridículo virtual ajeno a la existencia propia.

Y creí en eso como dogma, hasta el día en que me dejó. Que yo ya no comprendía, dijo, que ahora él era diferente. Otra persona, vaya. Necesitaba alguien con quien pudiera platicar de todo lo nuevo, que hubiera pasado por algo similar. Me enseño el video de ella.

Tampoco era gracioso.

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Published in: on noviembre 30, 2008 at 5:04 am  Dejar un comentario  

Noticias

Fue por la fecha en que circuló por Internet el video de Belinda desnudándose frente a su webcam. México seguía siendo México por ese entonces, y se pensaba aún que la crisis duraría un año… o dos a lo mucho. Faltaban meses todavía para los tiroteos de la Condesa, y la propaganda optimista de nuestra televisora-gobierno todavía no caía en oídos completamente sordos.

Eran días raros, como suelen ser los mundos que han sido devastados por cataclismos nucleares, aquéllos que intentan repoblarse con bichos deformes y temerosos. Días que empezaban con la muerte de algún secretario de estado y terminaban con tres decapitados en Tijuana y un single de Paulina Rubio en inglés.

Vivíamos igual que antes, bajo los mismos patrones e inercias, pero nuestros movimientos tenían algo de innatural. La merienda con las vecinas adoptaba la retórica de la violencia que pululaba entre los medios masivos y los no tan masivos, cubierta de galletas dietéticas y café con canela. Comprendían que entre las cuatro paredes del comedor las palabras conservaban su significado, que las cosas se podían medir en causas y consecuencias, en planificación y complots.

Otros habíamos perdido toda esperanza. Quizá no tuviera nada que ver con lo que después sucedió, esa vorágine de absurdos que trastocó nuestra conciencia y nuestra alma, quizá fue sólo la travesura adolescente de poner caliente al ex novio con un poco de torpe seducción, que inadvertidamente se vuelve primicia de todos los noticieros. Lo cierto es que desde ese día algo muy adentro se quebró, y no encontró la manera de volverse a armar.

De alguna manera, comprendimos que habíamos perdido.

Published in: on noviembre 27, 2008 at 4:43 am  Dejar un comentario  

Zombiescritura Redux

Digamos, hipotéticamente, que se es un escritor amateur. O una escritora, vaya usted a saber. Y ya cuenta con cierta habilidad, aunque no la suficiente para destacar, eso es obvio, pero sí con la maña que lo compensa en determinadas situaciones. Experiencia sería la palabra, y esa sí, suficiente para saber que no se llegará lejos con la inteligencia que su material genético le regaló.

Ahora digamos que el/la escritor/a tiene un interés. Ella o él, según la preferencia y/o la época. Digamos que el hipotético objeto de interés aprecia moderadamente el trabajo realizado, le ve potencial. Además ha constatado la evolución de la escritura desde hace tiempo. Leyó los cuentos de ciencia ficción y sus diálogos desarticulados; pasó por las aventuras desangeladas de un Huckleberry en el desierto; soportó los monstruosos personajes de la fase milankunderezca; recibió con ternura los relatos eróticos y sus succiones, penetraciones, mordiscos, entradas, fluxiones, salidas, y evidente falta de verbos; incluso aguantó después de que le hizo un altar a Perec.

Digamos que finalmente ha renunciado el/la escritor/a. Ya no soporta la página en blanco, las palabras esquivas. Prefiere sentarse a leer tranquilamente y dejar el trabajo sucio a otros, como bien lo aconsejó Bolaño alguna vez.

El problema es que el interés sigue ahí, esperando la siguiente cuartilla. No se quiere decepcionar, eso es seguro.

Entonces se reflexiona al respecto: ¿Serán las palabras lo único que une al interés? ¿Qué sucede si el vínculo de lo escrito se corta? Existen otros medios, tan inabarcables como la lengua, se piensa. El cuerpo, por ejemplo. Pero, como todo mundo sabe, el cuerpo produce miedo a los no iniciados, especialmente esos que se refugiaron detrás de las palabras durante tanto tiempo. Qué sería si el cuerpo no fuese suficiente, se pregunta.

Entonces, página en blanco, se comienza la primera oración, luego la segunda, y la tercera llega sin dificultad. Ya se ha renunciado, de eso que no quede duda, pero se sigue zombiescribiendo fluidamente. Así es más fácil, se dice. Así podría darle al interés tantas páginas como se quisiera, volumen tras volumen.

Digamos que termina el día con ligereza y  gusto. Y en algún lugar de la conciencia, llega la leve intuición de que se ha dejado de ser amateur.

Published in: on noviembre 19, 2008 at 6:25 am  Comments (2)  

Esquizofrenia

Ahora, para algo totalmente nuevo y diferente, un ejercicio:

Escribir una historia como si en realidad estuvieran detrás de ella dos escritores simultáneos: uno, muy experimentado, que se encargue de enlazar los hilos de la trama; y otro, novato y proclive a los lugares comunes, que ejecute las órdenes del experto. No es válido mencionar dentro de la historia este hecho, pero la tensión entre estilo y argumento debe ser evidente.

Puntos extra si se intenta la variación opuesta en otra historia.

Bonus si a la mitad de la misma entra un tercer escritor que escriba subgéneros.

Published in: on noviembre 10, 2008 at 6:17 pm  Comments (1)  

Zombiescritura

Las últimas semanas he escrito muchas cosas que no tomo en serio: reportes, cartas, memos, quejas, actualizaciones, entrevistas, reseñas. Por cada línea de prosa reciclada que escribo una idea genuina e interesante muere para siempre, creo yo. Y lo peor es cuando veo el calendario: quedan tantas líneas muertas por reanimar que se vuelve abrumador el panorama.

(La retórica de cadáver electrificado devora el cerebro desde adentro, chupándolo todo hasta dejar una pasa temerosa.)

Hay quienes tienen demonios por exorcizar. Ellos lo tienen fácil. Yo tengo que cuidarlos de la monotonía y de la comodidad, esperar que sobrevivan al noticiero de las siete y a la editorial desangelada.

(El oxígeno que requiere la combustión creativa se diluye entre los gases inertes que la rodean.)

Yo sé lo que quiero: palabras con cojones. Palabras que golpeen con imaginación a los cerebros curtidos por la realidad, palabras que saquen el aire a los descuidados que las encuentren por azar. Quiero que ellas no me dejen dormir por las noches al recordarlas. Deben aguardar en los lugares ocultos y atacar cuando menos se espere. Y luego deberán transformarse en epifanías que llegan siempre demasiado tarde.

Quiero palabras y municiones que destruyan todo vestigio de memorándum.

Published in: on noviembre 6, 2008 at 4:57 am  Comments (2)  

Murakami (II)

El mundo fantástico son las tinieblas que hay en el interior de nuestra mente. Antes de que en el siglo XIX Freud y Jung arrojaran luz sobre todo esto con sus análisis del subconciente, la correlación entre ambas tinieblas era, para la mayoría de las personas, un hecho tan obvio que no valía la pena pararse a reflexionar sobre él. Ni siquiera era una metáfora. Y si nos remitimos a épocas anteriores, ni siquiera era una correlación. Hasta que Edison inventó la luz eléctrica, la mayor parte del mundo vivía, literamente, envuelto en unas tinieblas tan negras como la laca. Y no existía frontera alguna entre las tinieblas físicas del exterior y las tinieblas interiores del alma, ambas se entremezclaban. Más aún, se confundían en una.

Kafka en la orilla, Haruki Murakami

Published in: on noviembre 2, 2008 at 12:33 am  Dejar un comentario