Búfalos

Tengo un amigo que casi es cazador. Es decir, que tiene un rifle de caza, municiones y de todo, que anda mucho por lugares en los que hay animales, pero que no le dispara a nada.
–A veces –me dice– soy capaz de seguir a un ciervo o a un zorro durante horas o, incluso, durante días. Y al final, cuando lo alcanzo, me aproximo a él con el viento en contra para que no me huela. Hinco la rodilla en tierra, junto la mejilla a la culata, libero el seguro, lo centro en el visor y… eso es todo. No necesito dispararles para saber que sí puedo –prosigue–, después de eso agarro y, sencillamente, me marcho de allí. Eso es lo que convierte esta actividad, en mi opinión, en un verdadero deporte en lugar de una simple matanza.

Es un chico muy raro, ese amigo mío, y que me maten si lo entiendo. Su verdadero sueño consiste en viajas a Estados Unidos y seguir un rebaño de búfalos. Echarse pecho tierra, así, con tranquilidad, y quedarse en su puesto con su rifle especial de cazar búfalos, apuntar a uno solo de ese mar de ellos y decirle “Ya eres mío”, y después hacer lo mismo con otro, y con otro, y con otro más. Sencillamente, extinguir en su cabeza esa especie de la faz de la tierra. La razón por la que les cuento todo esto es porque ayer, cuando fui al Yad-Eliahu con mi novia, a ver el derbi, a mi lado se encontraba sentado un hombre sin afeitar que tenía el aspecto que podría tener un árabe palestino si hubiera nacido asquenazí. El hombre miraba constantemente a las personas que tenía a su alrededor y mascullaba algo. Fue tan sólo cuando me fijé en el cañón de la pistola que le asomaba del bolsillo del abrigo cuando comprendí lo que decía. Se limitaba a apuntar con su nueve milímetros parabellum a las distintas personas, liberaba el seguro y se decía a sí mismo en voz baja: “Eres hombre muerto, y tú, y tú también”. Después de unas balas, cuando, con discreción, me apuntó también a mí, me esforcé por sonreír tranquilamente y acordarme de mi amigo el de los búfalos. “Eres mío”, dijo el hombre muy bajito, y me dejó con la sonrisa torcida mientras se detenía a cambiar el cargador. Yo también me detuve. Aspiré una profunda bocanada de aire y, de repente, se me escapó un ronquido extraño de la garganta. No es más que un deporte, me dije intentando tranquilizarme, un deporte que no hace daño a nadie. Pero en mi interior sabía que si se le ocurría intentar dispararle también a mi novia, me levantaría del asiento que tenía asignado en las gradas y, simple y llanamente, le rompería todos los huesos.

Extrañando a Kissinger,
Etgar Keret

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Published in: on octubre 19, 2008 at 2:13 am  Dejar un comentario  

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