Murakami

Termino de leer Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist, precedida por Carta breve para un largo adiós de Peter Handke, y pongo en espera La Pianista de Elfriede Jelinek. Leer es una inercia de conexiones que sólo son descifrables para el lector. He decidido continuar con Kafka en la orilla de Haruki Murakami. Libro extenso, aunque ligero. Es mi primer Murakami, y ahora entiendo el porqué de su popularidad: la fluidez en el fraseo y en el ritmo.

Todo parece estar sumergido en una diferente gravedad en Kafka en la orilla; todo es más ligero, aunque algo presurizado, como si estuviera en el fondo del mar. Compacta, sería la palabra. Las epifanías y vueltas de tuerca suceden según otra lógica, una estética que se ajusta más a los tiempos y los compases. Pienso que al menos es un buen cambio opuesto a lo que llaman ‘la prosa vertiginosa’. La rapidez, digan lo que digan, también cansa. Supongo que ahí radica la influencia del jazz, aunque de otra manera a la que yo esperaba. Los temas son pocos, la variedad de registros también lo es. La clave, como en la música, está en su mezcla y presentación, en las imágenes y recurrencias que hacen pasar a segundo plano el contenido anecdótico de la trama.

Como en un sueño, vaya.

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Published in: on octubre 31, 2008 at 12:14 am  Dejar un comentario  

Búfalos

Tengo un amigo que casi es cazador. Es decir, que tiene un rifle de caza, municiones y de todo, que anda mucho por lugares en los que hay animales, pero que no le dispara a nada.
–A veces –me dice– soy capaz de seguir a un ciervo o a un zorro durante horas o, incluso, durante días. Y al final, cuando lo alcanzo, me aproximo a él con el viento en contra para que no me huela. Hinco la rodilla en tierra, junto la mejilla a la culata, libero el seguro, lo centro en el visor y… eso es todo. No necesito dispararles para saber que sí puedo –prosigue–, después de eso agarro y, sencillamente, me marcho de allí. Eso es lo que convierte esta actividad, en mi opinión, en un verdadero deporte en lugar de una simple matanza.

Es un chico muy raro, ese amigo mío, y que me maten si lo entiendo. Su verdadero sueño consiste en viajas a Estados Unidos y seguir un rebaño de búfalos. Echarse pecho tierra, así, con tranquilidad, y quedarse en su puesto con su rifle especial de cazar búfalos, apuntar a uno solo de ese mar de ellos y decirle “Ya eres mío”, y después hacer lo mismo con otro, y con otro, y con otro más. Sencillamente, extinguir en su cabeza esa especie de la faz de la tierra. La razón por la que les cuento todo esto es porque ayer, cuando fui al Yad-Eliahu con mi novia, a ver el derbi, a mi lado se encontraba sentado un hombre sin afeitar que tenía el aspecto que podría tener un árabe palestino si hubiera nacido asquenazí. El hombre miraba constantemente a las personas que tenía a su alrededor y mascullaba algo. Fue tan sólo cuando me fijé en el cañón de la pistola que le asomaba del bolsillo del abrigo cuando comprendí lo que decía. Se limitaba a apuntar con su nueve milímetros parabellum a las distintas personas, liberaba el seguro y se decía a sí mismo en voz baja: “Eres hombre muerto, y tú, y tú también”. Después de unas balas, cuando, con discreción, me apuntó también a mí, me esforcé por sonreír tranquilamente y acordarme de mi amigo el de los búfalos. “Eres mío”, dijo el hombre muy bajito, y me dejó con la sonrisa torcida mientras se detenía a cambiar el cargador. Yo también me detuve. Aspiré una profunda bocanada de aire y, de repente, se me escapó un ronquido extraño de la garganta. No es más que un deporte, me dije intentando tranquilizarme, un deporte que no hace daño a nadie. Pero en mi interior sabía que si se le ocurría intentar dispararle también a mi novia, me levantaría del asiento que tenía asignado en las gradas y, simple y llanamente, le rompería todos los huesos.

Extrañando a Kissinger,
Etgar Keret

Published in: on octubre 19, 2008 at 2:13 am  Dejar un comentario  

Bíblicas (I)

-¿Ya no te gusto?, susurró a su oído.
-Ya vas a empezar.
-Es en serio. Siento que ya no me ves como antes.
-¿Ver qué?, dijo asomando los ojos tras sus bifocales.

La financiera reportaba la caída en el mercado de ovejas. Especulación. Y su asesor les había recomendado diversificar su portafolio. Mierda.

-¡Ay! Es como si ya no existiera. Como pintada. A veces pienso lo que hubiera sido si…
-¿Vas a empezar de nuevo?

Pensó: desierto.

-No hubiera sido tan difícil, ¿sabes?
-Ajá. Facilísimo, me imagino: raparme mientras duermo. Ya me sé el cuento, gracias.
-Eres insoportable, y se dio la vuelta en su almohada.

Él cerró los ojos y trató de recordar. Filisteos, unos veinte. Vaya que habían exagerado los números, pero bueno, así es como se hacen las leyendas.

Dio un breve sorbo a su café. Agruras, otra vez.

-¿Qué quieres?, preguntó él.
-Ni siquiera te has dado cuenta. ¿No lo ves?
-Eh…
-Olvídalo.

Dejó el periódico al lado. Concentró energía mental y posó una mano sobre el seno, mientras se le acercaba. Ella sonrió, brevemente.

Al cabo de unos minutos, una distancia enorme se relativizaba en la cama. Finalmente, Dalila se le acurrucó.

-Ya te lo he dicho, dijo él, apenado.
-Sí, sí. Tu fuerza, respondió al acariciarle la calva.

Published in: on octubre 10, 2008 at 3:35 am  Dejar un comentario  

Memorias

“Me pregunto adónde se irá la memoria cuando morimos. Porque la memoria, como concepto teológico, me parece mucho más interesante y lleno de posibilidades que el alma. Después de todo, tal vez el alma sea la memoria. Me gustaría saber qué pensará Srinivasa de todo esto. Srinivasa cree en la reencarnación e, incluso, jura recordar capítulos enteros de una existencia pasada, cuando fue nada más y nada menos que un gaucho argentino perseguido por fiebres premonitorias. Así que tal vez seamos eso y nada más que eso: memorias que se funden con otras memorias siglo tras siglo. Y, por lógica, no estaría de más pensar en que las memorias son finitas y que, finalmente, todas las memorias serán una y entonces esa Memoria Total será la prueba manifiesta de la existencia de Dios. La paradoja no deja de ser interesante: el Dios que buscamos desde el principio de la historia se nos presentará recién al final de los tiempos; cuando de nada nos servirá saber que Dios era la suma de todas nuestras partes.”
Rodrigo Fresán, Historia argentina

Published in: on octubre 10, 2008 at 2:53 am  Dejar un comentario  

Eternidad

Pocos cabrones como Pedro Mateos, alias El Griego. Un ligador nato, de esos que nacen con radar para detectar mujeres en necesidad de lumbre y trago. ‘¿Quieres fuego?’, les pregunta con voz mediterránea y los ojos azules, y ellas se mían los calzones. Y siempre anda con una distinta, pues dice que no hay una que le siga el paso. Lo cierto es que casi nunca lo vemos fuera de La Barranca, y aún más raro es no verlo hasta la madre y dando lástimas ya entrada la noche.

La semana pasada se lo llevaron al hospital. Cirrosis; pero me vale madres, dijo el mismo día en que volvió. Después se levantó la camisa y mostró las cicatrices: ‘¿No ven que ya voy para el tercer hígado?’, dijo. Nosotros nos quedamos callados, pero nunca falta el despistado. Cuando le preguntan al Griego porqué sigue tomando así, se pone serio y dice como siempre: ‘Es castigo divino.’

Published in: on octubre 7, 2008 at 8:45 pm  Dejar un comentario  

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Published in: on octubre 6, 2008 at 3:52 am  Comments (1)