Boda (II)

Joseph nunca fue bien recibido en casa de mi abuelos. Su llegada coincidió con los primeros síntomas de que algo no funcionaba como antes en el cerebro de mi abuela. Neurotransmisores, repetía el médico cuando le preguntaban qué sucedía. La palabra calmaba los ánimos de todos mis tíos, según recuerdo. Tener una palabra así, tan científica, compensaba su extraño comportamiento, su memoria selectiva. No era raro que mi abuela, llegado el postre de cajeta a la mesa después de la comida, le preguntara a Joseph qué hacía en la casa, tan pegadito de su hija, la monja. El resto de mis tíos entonces le recordaban en un condensado la historia hasta el momento, a lo que mi abuela respondía con más ofrecimientos de postre. Siempre dudé de esos inicios de Alzheimer, conciente de que los viejos son capaces de lo que sea para divertirse a costa de quienes todavía tienen cosas por perder en la vida. Nunca llegué a sugerir la idea abiertamente, más por respeto a mi abuelo que por otra cosa. Mi tío Javier, en cambio, no era tan prudente y gustaba de elaborar argumentos suspicaces para probar la lucidez de mi abuela. Al principio, ella tomaba muy mal sus comentarios; pero a medida que el Alzheimer avanzaba, sus quejas volvíanse cada vez más quedas, hasta ese silencio sonriente que mandó a mi tío Javier a encerrarse en el baño por unas horas.

Pero cargarle a los neurotransmisores de mi abuela toda la responsabilidad del maltrato sufrido por Joseph me parece un cretinismo de lo peor. Yo, y todos mis tíos y tías, deberíamos levantar la mano y declararnos culpables si se nos preguntase al respecto. Y si bien es cierto que mi abuela perdía facultades, y que, consecuentemente, su odio de vieja se transmutaba en odio de niña, también es cierto que mis tíos alimentaban ese odio a todas horas con historias alucinadas que mi abuela se creía, o que al menos nos hacía creer que creía. Una vez, mientras tomaba limonada en la sala de estar escuchando esos discos con compilaciones pop de música clásica, le pregunté si era Brahms; ella no me respondió, sólo hizo sonidos gorgoreantes con su bebida, un whisky divorciado, y empezó a regurgitar todas esas leyendas urbanas surgidas a partir de la llegada del gringo. Su tono era burlesco; y aunque me es imposible asegurar que no creyese lo que decía, me parecía que algo faltaba en todo el conjunto.

A Joseph no le impactó el evidente rechazo. Supongo que no se trataba de la primera vez, y que tenía práctica y método para sobrellevarlo. Incluso llamaba la atención el estoicismo distante con que pedía se le aclarase tal o cual frase, por más evidente que fuera la burla encerrada dentro de ella. Javier, quien llamaba a Joseph ‘el pigipe’ (en obvia referencia al famoso despectivo contra los poblanos), cumplía las de traductor y moderador a la hora de explicarle. Era el único que podía decirse tuviese una convivencia con Joseph. El desprecio que sentían el resto de mis tíos era tan grande que les impedía una confrontación directa, y preferían el bifurcado cerebro de mi abuela para transmitir sus quejas y opiniones.

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Published in: on septiembre 28, 2008 at 6:04 am  Dejar un comentario  

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