Boda

Alberta se divorció de Dios para casarse con un gringo, dijo con fingido resentimiento mi abuela. Y es que mi tía se había ordenado monja en un convento de Parral hace cinco años; y luego, debido a causas de salud, había dejado la orden hace año y medio, volviendo a Jiménez entre una polvadera de chismes. Un dolor inmenso, solía decir mi abuela. Lo cierto es que, durante el período entre matrimonios, la convivencia en casa de mis abuelos había llegado a enrarecerse y volvióse insoportable. Mis abuelos no estaban acostumbrados a tener hijos en casa, al menos no de forma permamente. Ahora que Alberta salía por segunda vez del hogar materno, la levedad volvía a instalarse en los cuartos, la cocina y el comedor.

Alberta conoció a su segundo marido en un portal de citas de internet. Hablaron por webcam y se gustaron de inmediato, aunque no creo que tuvieran cybersexo: ya eran un poco mayores y probablemente sintieran algo de pena por el mero hecho de necesitar una herramienta informática para encontrar pareja. Añadirle el esfuerzo extra de simular erotísmo virtual no era cosa a la cual mi tía Alberta estuviera dispuesta, en especial considerando que acababa de salir de una relación puramente a distancia con Dios Nuestro Señor. El caso del gringo, Joseph su nombre, e ingeniero eléctrónico su profesión, se entendía sin mayor problema: a diferencia de mi tía Alberta, quien todavía conservaba al menos la mitad de la belleza de su juventud, Joseph poseía la hermosura propia de quienes carecen totalmente de atractivo físico. Me resulta imposible eludir la figuración de Joseph arreglando un  sistema de iluminación que oculte, o que al menos atenúe, los miles de hoyos de acné en su cara, residuo de una truculenta pubertad, para después encender la portátil y entrar en conexión audiovisual con mi querida tía Alberta. Imaginarlo quitándose la ropa y profiriendo mascullos sensuales a su ordenador me resulta desagradable en extremo, por no decir grotesco, y seguramente resultaría la peor táctica para ganar puntos con mi tía. Lo más probable es que ambos se hayan ocultado detrás del monitor el mayor tiempo posible: mi tía acostumbrada a su velo, el gringo acostumbrado a su fealdad.

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Published in: on septiembre 26, 2008 at 6:00 am  Dejar un comentario  

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