Casos

Hablar de los límites morales es cosa que me preocupa desde que comencé a escribir con relativa frecuencia. No hablo de límites morales dentro de la sociedad, o desde el individuo. Me refiero a los límites dentro del texto, los cuales se ven afectados por los dos anteriores.

CASO 1.
¿Qué tan válido es robar experiencias de la realidad para enriquecer la ficción? Si yo quiero mostrar una pareja, hasta qué punto me es permitido calcar sus actos, por más desagradables que estos sean.

CASO 1.1
¿Qué tan válido es modificar experiencias de la realidad para enriquecer la ficción? Si yo quiero defender cierto abstracto, hasta qué punto me es permitido deformar los hechos para dar solidez al argumento.

CASO 2.
¿Qué tan válido es usar la ficción para modificar la realidad? Fácil de ejemplificar: el poeta que da sus poemas a la fuente de su inspiración. No tan fàcil: el narrador que escribe y obtiene una remuneración por algún premio, etc.

CASO 2.1
¿Qué tan valido es usar la ficción para enriquecer la realidad? Hablemos así de las grandes obras, Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare. Ficción va de leyenda a lenguaje y regresa su punto de inicio.

CASO 3.

¿Qué tan válido es enriquecer la realidad para transformar la ficción? Hipotéticamente: Un escritor que empiece a contar la boda de su tía desde antes de que suceda; que tenga oportunidad de afectar en el evento para que los hechos y la ficción se modifiquen entre sí, logrando un mejor (o peor) resultado.

Hipotéticamente 2: Un escritor que dedique toda su vida al problema de la muerte, y que, al finalizar su ‘gran obra’, se suicide. El caso se refiere a algo que modifique inevitablemente la manera en que se lea lo previamente escrito. Un acto que tenga como consecuencia concreta tantas palabras que sea imparable en su magnitud.

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Published in: on septiembre 29, 2008 at 6:15 pm  Comments (2)  

Boda (II)

Joseph nunca fue bien recibido en casa de mi abuelos. Su llegada coincidió con los primeros síntomas de que algo no funcionaba como antes en el cerebro de mi abuela. Neurotransmisores, repetía el médico cuando le preguntaban qué sucedía. La palabra calmaba los ánimos de todos mis tíos, según recuerdo. Tener una palabra así, tan científica, compensaba su extraño comportamiento, su memoria selectiva. No era raro que mi abuela, llegado el postre de cajeta a la mesa después de la comida, le preguntara a Joseph qué hacía en la casa, tan pegadito de su hija, la monja. El resto de mis tíos entonces le recordaban en un condensado la historia hasta el momento, a lo que mi abuela respondía con más ofrecimientos de postre. Siempre dudé de esos inicios de Alzheimer, conciente de que los viejos son capaces de lo que sea para divertirse a costa de quienes todavía tienen cosas por perder en la vida. Nunca llegué a sugerir la idea abiertamente, más por respeto a mi abuelo que por otra cosa. Mi tío Javier, en cambio, no era tan prudente y gustaba de elaborar argumentos suspicaces para probar la lucidez de mi abuela. Al principio, ella tomaba muy mal sus comentarios; pero a medida que el Alzheimer avanzaba, sus quejas volvíanse cada vez más quedas, hasta ese silencio sonriente que mandó a mi tío Javier a encerrarse en el baño por unas horas.

Pero cargarle a los neurotransmisores de mi abuela toda la responsabilidad del maltrato sufrido por Joseph me parece un cretinismo de lo peor. Yo, y todos mis tíos y tías, deberíamos levantar la mano y declararnos culpables si se nos preguntase al respecto. Y si bien es cierto que mi abuela perdía facultades, y que, consecuentemente, su odio de vieja se transmutaba en odio de niña, también es cierto que mis tíos alimentaban ese odio a todas horas con historias alucinadas que mi abuela se creía, o que al menos nos hacía creer que creía. Una vez, mientras tomaba limonada en la sala de estar escuchando esos discos con compilaciones pop de música clásica, le pregunté si era Brahms; ella no me respondió, sólo hizo sonidos gorgoreantes con su bebida, un whisky divorciado, y empezó a regurgitar todas esas leyendas urbanas surgidas a partir de la llegada del gringo. Su tono era burlesco; y aunque me es imposible asegurar que no creyese lo que decía, me parecía que algo faltaba en todo el conjunto.

A Joseph no le impactó el evidente rechazo. Supongo que no se trataba de la primera vez, y que tenía práctica y método para sobrellevarlo. Incluso llamaba la atención el estoicismo distante con que pedía se le aclarase tal o cual frase, por más evidente que fuera la burla encerrada dentro de ella. Javier, quien llamaba a Joseph ‘el pigipe’ (en obvia referencia al famoso despectivo contra los poblanos), cumplía las de traductor y moderador a la hora de explicarle. Era el único que podía decirse tuviese una convivencia con Joseph. El desprecio que sentían el resto de mis tíos era tan grande que les impedía una confrontación directa, y preferían el bifurcado cerebro de mi abuela para transmitir sus quejas y opiniones.

Published in: on septiembre 28, 2008 at 6:04 am  Dejar un comentario  

Boda

Alberta se divorció de Dios para casarse con un gringo, dijo con fingido resentimiento mi abuela. Y es que mi tía se había ordenado monja en un convento de Parral hace cinco años; y luego, debido a causas de salud, había dejado la orden hace año y medio, volviendo a Jiménez entre una polvadera de chismes. Un dolor inmenso, solía decir mi abuela. Lo cierto es que, durante el período entre matrimonios, la convivencia en casa de mis abuelos había llegado a enrarecerse y volvióse insoportable. Mis abuelos no estaban acostumbrados a tener hijos en casa, al menos no de forma permamente. Ahora que Alberta salía por segunda vez del hogar materno, la levedad volvía a instalarse en los cuartos, la cocina y el comedor.

Alberta conoció a su segundo marido en un portal de citas de internet. Hablaron por webcam y se gustaron de inmediato, aunque no creo que tuvieran cybersexo: ya eran un poco mayores y probablemente sintieran algo de pena por el mero hecho de necesitar una herramienta informática para encontrar pareja. Añadirle el esfuerzo extra de simular erotísmo virtual no era cosa a la cual mi tía Alberta estuviera dispuesta, en especial considerando que acababa de salir de una relación puramente a distancia con Dios Nuestro Señor. El caso del gringo, Joseph su nombre, e ingeniero eléctrónico su profesión, se entendía sin mayor problema: a diferencia de mi tía Alberta, quien todavía conservaba al menos la mitad de la belleza de su juventud, Joseph poseía la hermosura propia de quienes carecen totalmente de atractivo físico. Me resulta imposible eludir la figuración de Joseph arreglando un  sistema de iluminación que oculte, o que al menos atenúe, los miles de hoyos de acné en su cara, residuo de una truculenta pubertad, para después encender la portátil y entrar en conexión audiovisual con mi querida tía Alberta. Imaginarlo quitándose la ropa y profiriendo mascullos sensuales a su ordenador me resulta desagradable en extremo, por no decir grotesco, y seguramente resultaría la peor táctica para ganar puntos con mi tía. Lo más probable es que ambos se hayan ocultado detrás del monitor el mayor tiempo posible: mi tía acostumbrada a su velo, el gringo acostumbrado a su fealdad.

Published in: on septiembre 26, 2008 at 6:00 am  Dejar un comentario  

Rebeldía

Hacer una novela en México sin narcotraficantes, tequila, el DF, violencia, contracultura, políticos, tribus urbanas, corrupción en todas sus formas, surrealismo, el ’68, atractivos turísticos, violación indiscriminada de derechos humanos, pobreza extrema, ultraderecha, ultraizquierda, ultracentro, conspiraciones, aztecas, mayas, fines-del-mundo, toda forma de constumbrismo rural y/o citadino, migración, racismo, explotación laboral, viajes en el tiempo y, en general, amor.

Published in: on septiembre 26, 2008 at 4:26 am  Comments (1)  

Estructuras y Convergencias

I

Últimamente leí dos novelas que empiezan en la Ciudad de México y que terminan en un mundo, para fines prácticos, apocalíptico. Ambas novelas escritas por extranjeros: uno chileno, otro argentino. Hablo de “Los detectives salvajes”, de Roberto Bolaño, y “Mantra” de Rodrigo Fresán.

La similitud más importante, o siquiera la que más salta a la vista, es la estructura que comparten.

“Los detectives salvajes” inicia con la parte autobiográfica de el poeta García Madero, que relata sus experiencias con los infrarrealistas (grupo poético vanguardista de los 70’s) lidereados por Ulises Lima y Arturo Belano. Le sigue a esto el grueso de la novela, donde se sigue la pista de Lima y Belano durante más de veinte años a través de ciudades de todo el mundo, desapareciendo por completo el narrador inicial. Éste es suplantado por los testimonios de decenas de voces, todas con registros únicos, consistiendo en la verdadera parte detectivesca de la novela. En la tercera parte, el diario de García Madero recomienza, una vez explicados los destinos de Ulises y Arturo, cerrando en los desiertos de Sonora la búsqueda planteada en el inicio.

En el caso de “Mantra”, Rodrigo Fresán también utiliza esta estructura de tríptico. En la primera parte, conocemos al niño genio Martín Mantra mediante un narrador al cual la memoria le ha sido degradada debido a un tumor cerebral. Ese primer acercamiento a la figura inasible de Mantra, como elemento raro e incomprensible, es acompañado por la debilitación del lenguaje del narrador, hasta que precipita en silencio y la parte acaba. Le sigue la parte del diccionario, en la cual un muerto francés narra y explica su tránsito por la ciudad de México, su relación con la prima de Martín Mantra, María-Marie, y el proyecto de la destrucción de la Ciudad de México a manos del Capitán Godzilla. Finalmente, en la tercera parte, el hijo-robot-momia de Martín Mantra viaja en búsqueda de su padre, en evidente parodia/homenaje a Pedro Páramo.

Cosa curiosa: mientras ambas novelas comparten estructura, sus puntos de partida son temáticamente opuestos. Mientras que Bolaño opta por la poesía como punto de arranque para mostrar las partes más oscuras de los personajes y funciona prácticamente como una excusa para desplegar las líneas de acción y construir su universo, Fresán empieza de la cultura popular (la lucha libre, las telenovelas, los filmes de ciencia-ficción) para pretender dar forma al imaginario mexicano, y luego, de paso, pervertirlo en algo totalmente diferente, permitiéndole un final casi místico.

II

Recomendación rápida para desocupados: “Galaor”, de Hugo Hiriart. Novela de caballería andante, princesas disecadas, y caballos parlantes (aunque poco elocuentes).

Published in: on septiembre 11, 2008 at 5:00 am  Comments (2)  

Musicales

-Ah… las comedias musicales. Siempre me pusieron un poco nervioso. Eso de, en medio de una conversación decir “Deja que te lo explique” y ponerse a cantar y bailar. Es raro. Es, seguro, síntoma claro de un tumor cerebral, ¿no le parece? Y lo peor de todo es cuando empieza a bailar y cantar uno y el otro lo sigue titubeante, repitiendo lo que dice el primero, torpe y desafinado… y a la altura de la segunda estrofa ya es un experto bailarín con voz de tenor. También me pone nervioso eso de las parejas de las películas siempre entren en escena riéndose. ¿De qué se ríen? Pero, disculpe, usted estaba cantándome algo. Dígame, por favor, “Deja que te lo explique”.

Rodrigo Fresán, Mantra

Published in: on septiembre 2, 2008 at 3:49 am  Dejar un comentario