Sobre el Fracaso (I)

La nostalgia tiene rostros intercambiables, infinitos, o mínimo tantos como se los permita la estupidez de la memoria. De ahí que, en días como los que ahora corren, me ponga a pensar en lo que fue de los planes frustrados, siendo ésta una de las formas de nostalgia que encuentro más benévolas para los días lluviosos ¿Qué mejor que el repasar los intentos fallidos, los tiros cebados o los inicios en falso durante los tiempos muertos, esos que se pasan junto a una ventilla que escurre, o que se alargan a la sombra de un árbol petrificado, sentado en la banca de un parque? El momento ideal para emborracharse de recuerdos ficticios no es al marco de una despedida o a la expectativa de un encuentro—momentos éstos demasiado vitales como para lograr desprenderse completamente del presente—sino en medio de desconocidos y sin prisa alguna: como quien espera un tren cuyo destino le es indiferente o, a lo sumo, necesario e inevitable.

Creo no ser ni el primero ni el último en asegurar que los fracasos, al igual que los éxitos, pueden rastrearse en reversa hasta un hecho concreto en el pasado de una persona. Ya identificado este instante, sólo es cuestión de seguir las líneas causales que desembocan en la tragedia final o, como pasa con mucha más frecuencia, en el olvido. (Una verdadera lástima, si me lo preguntan. Todas esas pequeñas anécdotas podrían acumular volúmenes enteros de un proyecto infinito, de una Historia Universal de la Idiotez, mucho más interesante y variada que la Historia oficial o la Historia de los ganadores. Entiéndase de este modo: si para ganar hay pocos y difíciles caminos, para fracasar estrepitosamente existe una variedad de escenarios pintorescos, divertidos y dignos de catalogarse.)

A partir de este punto cero no son de gran interés los errores posteriores, debido a que generalmente palidecen en cuanto a magnitud y osadía en relación al error original. No resulta sorprendente que el pecado de comer del árbol del conocimiento tenga repercusiones eternas, mientras que la maldad de las generaciones sucesoras se cure con simples diluvios o lluvias de fuego. Y es aquí donde comienza y termina la discusión sobre el llamado “problema del mal”: ¿A quién echar la culpa del fracaso en el proyecto divino: a Dios, o a los hombres? Me parece que, a estas alturas, ya da igual.

Otro problema a la hora de escribir esta Historia del Fracaso es la falta de voluntad entre las fuentes primarias. No solamente quien pierde calla su intento, sino que también se esmera en ocultar todo rastro de que lo intentó en primer lugar. Es como si el fracasado adquiriera una lucidez momentánea que le revelara lo idiota de sus pretensiones en el último momento, y lo propenso que quedaría al ridículo en caso de ser descubierta su identidad; lucidez con la que, por otra parte, si hubiera contado desde un principio, seguro sus planes hubieran dado resultado.

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Published in: on julio 22, 2008 at 2:39 pm  Comments (1)  

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  1. El mayor consuelo de una Historia Universal de la Idiotez es la mayor probabilidad de que uno aparezca en ella como héroe.


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