Contra el lector

El lector contemporáneo es un mamón. Lo es desde la manera en que selecciona sus lecturas, pasando por sus autores favoritos, hasta los hábitos y manías que intervienen en todo lo que circunda su acto de leer.

En primera instancia, es un mamón porque espera que le sirvan su sopa de letras en bandeja de plata, que le quiten lo espinoso a las tramas y que dejen historias hechas puré de claridad y eficiencia. ¡Como si sólo lo eficiente o lo claro tuviera razón de contarse! Comparados con el lector de hoy en día, los gobiernos que abogan por abolir el precio único en los libros se quedan cortos al considerarlos un mero producto comercial. A falta de lectores dispuestos al mínimo compromiso o esfuerzo intelectual, los autores optan por ofrecer ‘historias bien escritas’ o ‘novelas con oficio’; eufemismo que muy apenas esconde su interés—económico, claro está—de dirigirse al bajo común denominador entre los consumidores de cultura. La sombra del menospreciado lector promedio es el altar bajo el cual encienden sus velas los escritores de éxito. Sirviendo igual de dios y bufón, el lector-consumidor tiene la primera y última palabra. E incluso existen tristes casos, como en toda religión, de fanatismo:

“El 99% de la mejor narrativa que se hace hoy, de la literatura de calidad, de la gente profesional sin pretensiones ni pedantería ni pose, de la que de verdad sabe construir personajes e historias, o sea, de los que de verdad saben escribir, está en la televisión o en el cine, pero sobre todo en la primera.” – Carlos Ruiz Zafón.

En segunda instancia, el lector moderno es un mamón porque cree en la inteligencia por simbiosis. Espera que el dinero invertido en un cúmulo de páginas impresas le saque de su trivial existencia y dé fondo a esa superficie de acciones sin sentido a través de las cuales transcurre su vida. El escritor entonces no sólo debe hacer entretenimiento—que, si no fuésemos tan pedantes, aceptaríamos de buen modo—sino que también incite a un riesgo metafísico, uno controlado, según es conveniente, pero que sea riesgo al fin. Me pongo a pensar entonces en escritores como Haruki Murakami en un lado del espectro y a Paulo Coelho en el otro. Intuyo en las digresiones de Javier Marías la simulación de un laberinto, que en realidad sólo cuenta con un camino por recorrer, del cual no es posible perderse. Pienso en Vila-Matas, construyendo tormentas inter-textuales en un vaso de agua, y luego soñando que sus lectores caerán en el anzuelo de la vanidad y comprarán sus libros para sentirse cultos por asociación.

Y me pregunto: ¿Cuándo regresarán los verdaderos laberintos, las verdaderas tormentas, los verdaderos viajeros que se pierden y nunca vuelven?

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Published in: on julio 8, 2008 at 10:02 pm  Dejar un comentario  

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