Fan-Fiction

“Hoy recuerdo con gusto el día que comí en un restaurante italiano en Vancouver. Un lugar tranquilo y un poco solitario, con terraza y más macetas que mesas y la luz del sol que se filtraba entre las hojas y hacía brillar el plato de cerámica con mi filete encima. Le serví un poco más de San Pellegrino en su copa. ‘Y entonces le dije que si no se decidía ya podía ir haciendo lo que se le viniera en gana’, dijo ella. Confieso que en ese momento pensaba en otra cosa, y no es que me importara poco su dilema, aunque ahora puede parecer más trivial o infantil, yo qué sé. ‘¿Sabes lo que me respondió?’ Y yo sabía muy bien lo que le había dicho, si no fuera así ya hubiera estado en otro lugar muy distinto, en otra latitud y longitud. ¿Será que todas las excusas son una y la misma? Aun así, guardé silencio y traté de atender sus palabras, que me eran tan comunes como el camino que se hace con el automóvil al trabajo y que puede pasársele en blanco a uno, es cuando la mente se ocupa de sus propios asuntos, y se llega a la oficina sin la menor idea de lo que pasó en el trayecto. ‘Mira, dijo, ya sé que te apura todo eso, pero ahorita estoy ocupado con cosas de la oficina, y al rato tenemos junta, ya sabes cuánto duran y si es que se alargan pues peor’, dijo ella y tomó un poco de agua, como una conferencista o catedrática cualquiera. Ya acaloraba un poco, estábamos en un área de poca circulación de aire, pedí al mesero otra botella y miré mi filete de carne o quizá su muslo firme, no recuerdo la verdad. De lo que sí tengo memoria es de la falda blanca estampada con pequeñísimas flores que llevaba ese día, le resaltaba la piel tan bien cocida de su bronceado en crucero y delineaba su figura de religioso gimnasio, creo yo, así es como pienso y lo acepto sin hipocresía alguna. ‘Y siguió así durante todo un mes’, continuó ella, ‘No sé cómo es que aguante tanto, ahora no importa y no sé porqué te lo digo, créeme que ya voy a callarme y podemos hablar de lo que quieras o ir a donde quieras.’ Comí un gran trozo de filete que apenas me cupo en la boca y lo masticaba haciendo ruido, muy leve claro, pero ruido al fin, y que después intenté tragar de golpe con ayuda de más San Pellegrino: no sabía si quería que dijera algo en respuesta, no lo creí así, y efectivamente acerté en callar”, escribió Javier Marías mientras observaba las postales de su viaje más reciente. Odiaba las que tenían escrito con tipografía en cursiva el nombre del lugar en cuestión, como si necesitara que alguien le recordase la diferencia entre Quebec y Vancouver, o entre su señora y Marta Téllez. “Espantó con su mano al mosquito que procuraba el alimento en su cuello, el turbio mediodía cobraba ya su saldo y los dos sentimos el mundo real menos real y más figurativo, o lo que se dice con pedantería, inefable. ‘Un día simplemente decidí largarme. Empaqué lo básico, vendí lo que pude, tiré a la basura el resto. Creo que ni siquiera notó las maletas cuando llegó tarde esa noche. Muy apenas me notó a mí. Estaba como loco, o más bien como bestia. Tuvimos sexo. O él tuvo sexo y yo lo observé y pensé que quizá había cerrado contrato con algún cliente nuevo. Los lleva al putero y los emborracha, cree que eso los pone relajados. Tal vez sí, yo qué sé. Una vez le pregunté que si pensaba en otra cuando lo hacíamos o me lo hacía. Me contestó que no. Y no le creí, claro está, sino hasta mucho después, cuando una mañana me levanté más temprano que nunca. Frente al espejo se rasuraba desnudo y feliz, pasaba sus manos por su cuerpo, comprobando en presente empírico la existencia de sí mismo. Su fantasía más pura era dedicada a él mismo, yo sólo era el instrumento de su masturbación acompañada. ¿Cómo le iban a interesar unas putas, cuando tenía en su reflejo todo lo que necesitaba?’, dijo enrabiada”, escribió Javier Marías, mientras comía una galleta con choco chips.

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Published in: on junio 27, 2008 at 9:04 pm  Dejar un comentario  

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