Mentira

No fue originalmente mía la idea de mentir sin necesidad. Tampoco quiero decir que sea una idea de por sí creativa, o que implique un ingenio mordaz el inventar guarradas nomás porque sí. Oportunidades para mentir sobran, como también sobran las oportunidades de índole sexual o económica en estos días que corren. Me parecería casi una traición dar crédito a la persona que me sugirió –aunque no explícitamente –la idea de mentir sin necesidad, como si contara el secreto de un truco de magia, le bajara los pantalones al mago y revelara todos los aces ocultos en sus calzones.

Cuando miento sin necesidad siempre recuerdo a Pessoa y a sus heterónimos. A diferencia de Pessoa, nunca he escrito poesía –aunque me encantan los chistes que riman y también los refranes soeces. Pienso en la manera en que Pessoa se multiplicó a sí mismo mediante la fragmentación; creo que antes que nadie aceptó la doble incapacidad del autor: tanto de reflejarse en su obra, como de ausentarse de ella. Yo creo que el que miente sin necesidad actúa bajo el mismo principio. Yo soy yo, mientras me mantenga en silencio. Una vez alzada la voz he dejado de ser yo mismo para convertirme en una copia de mí mismo, la que cuenta su memoria fotocopiada y borrosa, y que completa los espacios en blanco de la mejor forma que puede. Mientras hablaba con la hermosa novia de un compañero de trabajo sobre lo mucho que le gustaba el español, me percaté de la creación de una de aquéllas calcas en blanco y negro. Mi doble ya planeaba y tramaba e imaginaba, todo a la vez y sobrepuesto, e intentaba conducir la conversación por sendas más oscuras, alusiones más fuertes. Me preguntó si tenía alguna que estuviera esperando mi regreso y miré mi cerveza con timidez calculada y no por ello menos genuina. Sonreía al finalizar cada pregunta, y mi colega comía atrabancadamente su pasta.  Yo pedí una pizza dividida en cuatro, cuatro sabores distintos, cuatro heterónimos de una misma pizza. Una vez que ella también bajó la mirada –es decir, una vez que imitó por inercia mi timidez –le dije que había alguien que podría haberme esperado, pero que prefirió no hacerlo al final. Tomé un pedazo de champiñones con aceitunas y me fui por el camino más sencillo pero más aburrido: la nostalgia discreta, el indeciso mirar al futuro de quien ha sufrido o piensa que ha sufrido y todavía no se entera bien a bien. ¿Y si le hubiera dicho la verdad? Qué hubiera ganado: nada. Qué hubiera perdido: nada. Las mentiras innecesarias deben ser igualmente inocuas en ambos sentidos, no sea que más adelante nos descubramos masoquistas de clóset.

Hace unas semanas cumplí años en la oficina pero no en mi departamento. Según mi jefe tengo veintiún años, según el francés que vive en mi piso cumpliré veintidós, y según una polaca que no volveré a ver tendré veinticinco para siempre. Ninguna de esas mentiras tiene una finalidad más que la de fragmentarme en muchos yo y la de abarcar cada vez más espacio, sublimarme en gas hasta el punto de desaparecer y no quedar en nada, como tampoco quedé en nada con la novia de mi compañero o siquiera con el sabor de la pizza que ya olvidé al beberme el final de la cerveza.

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Published in: on junio 25, 2008 at 11:00 pm  Dejar un comentario  

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