“La puerta de la Queca se cerró con un golpe y cuatro pies avanzaron; oí una risa desconocida, una combada frase de interrogación. En el escritorio, pequeño y liviano, tan parecido a un pupitre de colegial, el revólver estaría dormido, sabiendo ya por qué una vez a la semana, cerca del puerto, me inclinaba junto a la angosta vía del tren para recoger vidrios, pedacitos inútiles y oxidados de maquinarias.”
La vida breve, Juan Carlos Onetti
Hola. Justo estoy ahora leyendo Los adioses de Onetti. Es grandioso. Su prosa logró transportarme a ese ambiente de dolor y enfermedad, a ese dolor que es ambiental. Un abrazo.