No entiendo exactamente qué es lo que les causaba tanta gracia del video. Un borracho más frente a la cámara, en mi opinión, diciendo cosas de borrachos y vomitándolo todo. Con su elegante saco negro, en calzoncillos y sosteniendo una maraca, cantando canciones que ni le gustaban.
Si tan sólo no hubiera dicho mi nombre, pensaba. Aunque en realidad no era un pensamiento, en toda forma, sino algo mucho más oscuro. Vaya, como ver un choque en cámara lenta desde la perspectiva del conductor una y otra vez.
No podía dejarlo ir. Aprendí de memoria los bailes descoordinados y las inefables poses. Ellos, por su parte, no tardaron en reproducir las frases célebres como ringtones y tampoco en crear el remix tecno. Se multiplicaba su imagen en parodias y contraparodias, metaburlas interchistuales.
Iba cediendo poco a poco a la gravedad de las cosas. Cuando me preguntaban en la calle si yo era la novia, pues ya qué importa: les respondía que sí. Había incorporado el ridículo virtual ajeno a la existencia propia.
Y creí en eso como dogma, hasta el día en que me dejó. Que yo ya no comprendía, dijo, que ahora él era diferente. Otra persona, vaya. Necesitaba alguien con quien pudiera platicar de todo lo nuevo, que hubiera pasado por algo similar. Me enseño el video de ella.
Tampoco era gracioso.