Hablar de los límites morales es cosa que me preocupa desde que comencé a escribir con relativa frecuencia. No hablo de límites morales dentro de la sociedad, o desde el individuo. Me refiero a los límites dentro del texto, los cuales se ven afectados por los dos anteriores.
CASO 1.
¿Qué tan válido es robar experiencias de la realidad para enriquecer la ficción? Si yo quiero mostrar una pareja, hasta qué punto me es permitido calcar sus actos, por más desagradables que estos sean.
CASO 1.1
¿Qué tan válido es modificar experiencias de la realidad para enriquecer la ficción? Si yo quiero defender cierto abstracto, hasta qué punto me es permitido deformar los hechos para dar solidez al argumento.
CASO 2.
¿Qué tan válido es usar la ficción para modificar la realidad? Fácil de ejemplificar: el poeta que da sus poemas a la fuente de su inspiración. No tan fàcil: el narrador que escribe y obtiene una remuneración por algún premio, etc.
CASO 2.1
¿Qué tan valido es usar la ficción para enriquecer la realidad? Hablemos así de las grandes obras, Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare. Ficción va de leyenda a lenguaje y regresa su punto de inicio.
CASO 3.
¿Qué tan válido es enriquecer la realidad para transformar la ficción? Hipotéticamente: Un escritor que empiece a contar la boda de su tía desde antes de que suceda; que tenga oportunidad de afectar en el evento para que los hechos y la ficción se modifiquen entre sí, logrando un mejor (o peor) resultado.
Hipotéticamente 2: Un escritor que dedique toda su vida al problema de la muerte, y que, al finalizar su ‘gran obra’, se suicide. El caso se refiere a algo que modifique inevitablemente la manera en que se lea lo previamente escrito. Un acto que tenga como consecuencia concreta tantas palabras que sea imparable en su magnitud.